A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad se desconcertase, esta vez quedó descorazonada al oír semejante exordio, y fue casi balbuceando que respondió a Beatriz:

—Pero, ¡es posible!... Sí, pude decir algo de lo que me indicas... pero con ciertas reservas...

—Es cierto, señora, estableció usted ciertas reservas. Puso usted a su bondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino de usted sería excluido del número de aquellos entre los cuales podía yo escoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidiría en favor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efectúo.

—¡Bien! escucho.

—Señora—prosiguió la señorita de Sardonne con el mismo tono de correcta urbanidad—; la circunstancia que usted tuvo a bien prever y desear con respecto a mí, se presenta hoy.

—¡Ah!

—Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la súplica que... para honor mío, no tardará en presentarle el señor Jacques Fabrice.

—¿Te pide en matrimonio Fabrice?

—Sí, señora.

—Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a mí... Eso es la educación rudimentaria.