Tendió de nuevo la mano a Fabrice, y se alejó.

El día en que la señora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificio definitivo de su amor hacia Pierrepont, destruyó por el hecho el motivo único que tenía la huérfana para tolerar la mísera existencia que arrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpable sentimiento de sorda irritación que la joven nutría hacia su dura protectora habíase cambiado, en esta alma contenida pero ardientemente apasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa había llegado a hacérsele insoportable; su resolución de abandonarla estaba definitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla por obra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especie de suicidio sepultándose en las austeridades de una de las más severas órdenes religiosas, y aun volvió, a hablar de nuevo a su amiga la señora de Aymaret sobre su próxima entrada en el Carmelo, esforzándose realmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedaba esperanza alguna en la tierra; pero es menos difícil hacer un sacrificio que perseverar en él. Así, pues, la pobre joven encontraba en su natural apego al mundo, en su enérgica y floreciente salud, resistencias que le hacían muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, ¿qué hacer? ¿adónde ir?

La carta con la declaración de Fabrice vino a sorprenderla en medio de estas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada por el paso que aquél había dado, quiso no obstante dar algunas horas a la reflexión; más de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin, en la extremidad a que se veía reducida, ¿cómo no aceptar ese refugio, después de todo honroso, que le abría una mano afectuosa y fiel? Para un náufrago de la existencia como lo era ella, la solución que se le presentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, el término cierto, seguro, de su pesada esclavitud.

Además, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguiente salida de la casa, era para la baronesa un trance horriblemente desagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato venía a satisfacer la pasión más violenta que existe tal vez en la tierra; el odio de mujer contra mujer.

La señora de Montauron acababa de dormir pacíficamente su siesta en su gabinete contiguo al salón, y como digería con dificultad, su sueño era premioso, por cuya razón despertaba siempre de terrible mal humor. Así, pues, apenas vio entrar a Beatriz:

—¡Me parece, amiguita—le dijo—, que prolongas mucho tus lecciones con el señor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de mi diario... me están llorando los ojos... ¡Vaya! ¡toma! estaba en la gacetilla... pero no, prefiero el folletín... veamos qué sucede al cabo a esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a una lavandera... ¡Bueno! ¡Vayamos, lee! ¡Principia!

—Perdón, señora—replicó la joven con extremada cortesía—; ¿podría decir a usted antes cuatro palabras?

La baronesa la vio vagamente inquieta.

—¿Qué deseas?—le replicó con acritud.

—Señora, ¿me permite usted que le recuerde la conversación que tuvimos en secreto en su habitación de usted hace quince días? Usted tuvo a bien decirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazón, me pidiese en matrimonio, no solamente no tendría que temer ninguna dificultad por parte de usted, sino que hasta podía contar con su más sincero concurso... Tales palabras, señora, son demasiado preciosas para que yo haya podido olvidarlas... ¿Tiene usted, tal vez, señora, la bondad de recordarlas?