Los informes de la señorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice, aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto al fondo, y nos dispensan de entrar en más detalles acerca del particular. También era exacto que el marqués de Pierrepont estaba de regreso en Francia hacía algunas semanas, pero no hizo más que pasar a uña de caballo por París, para presentarse en los Genets a su tía, impacientísima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corrían desde que la señora de Montauron se había reinstalado en París y en su hotel de la calle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo del bulevar Malesherbes, mansión no lejana del palacete en que respiraba Mariana de La Treillade.

La primera visita de Pedro fue para la señora de Aymaret, qué también habitaba por aquellas cercanías, parque Monceau: había prevenido de antemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazón, porque durante la ausencia del marqués, ni éste le había escrito ni ella se atrevió tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien lo alentó en sus desdichados propósitos acerca de la señorita de Sardonne, que ella había sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, que ella contribuyó en no escasa parte a la humillación que Pedro soportara, humillación que venía a hacer más punzante el efectuado enlace de Beatriz con Fabrice; por todas estas razones temió una escena de despecho, quizás de cólera y reproches, pero, por ventura de la interesante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqués se presentó ante ella un poco pálido, es verdad, pero tranquilo, cortés y aun sonriente. Después de haber respondido casi alegremente a las preguntas sobre su viaje se dirigió a la vizcondesa:

—Querida amiga mía—le dijo—, aún voy a abusar otra vez de su amistad... Tengo que pedirle un consejo.

—No sé cómo después de lo pasado, es usted todavía tan magnánimo como para tomarme por consejera—replicó aquélla con tristeza.

—Siempre tendré un honor en que sea usted mi confidente... no sé qué línea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secreto la estrecha amistad que nos unía de años atrás... Carezco de motivos fundados para romper mis relaciones con él... pero antes de ir a verlo quisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sería un mal rato para él, para su mujer y para mí... En una palabra, ¿supone usted que la señorita de Sardonne, mejor dicho, la señora Fabrice... haya puesto en antecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer me inspiró en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aquélla abrigué?... Usted comprende que si es así...

—Excúseme usted si le interrumpo—exclamó la vizcondesa—, pero puedo dar a usted garantías a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz, y como la conversación recayese sobre su regreso de usted, me dijo aquélla que, después de haber pensado mucho, había resuelto no hacer jamás aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sería, de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar a la delicadeza por lo que a usted se refiere.

—Entonces, ¿cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sin inconvenientes?

—Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estarían en no hacerlo así, porque Fabrice no se podría explicar su abstención, buscaría la causa y caería en sospechas del cuál fuese ella, lo que para nadie sería una ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relaciones que por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.

—Tiene usted razón... Iré... Es más, voy a ir en saliendo de aquí... ¿cree usted que los encontraré en casa?... ¿La señora de Fabrice ha fijado un día de recibo?

—Sí, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad de encontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente también a su mujer, porque me parece que aquél está haciendo su retrato.