—¡Ah! ¡eso me interesará!
Habló Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidió de la señora de Aymaret. Al darle la mano le dijo ésta conmovida:
—¡Muy contenta de verle tan prudente!
—¡Señora, los viajes son un gran calmante!—contestó riendo, y partió.
Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esperó provocar una expansión confidencial que mucho ansiaba, porque después de haber temido por parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentos transportes de enojos, creyó descubrir en sus claras intuiciones de mujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fría, se ocultaba algo terriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont era sincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que el bello sexo no admite en estos asuntos de corazón; pero con el íntimo conocimiento que del carácter del marqués poseía, temía más bien que esas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto más terribles cuanto que no están sino cerradas en falso.
Diez minutos después Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicación de un criado subió directamente al taller del pintor con la antigua confianza de los pasados tiempos: llamó ligeramente, y alzando una cortina encontróse cara a cara con Beatriz, cuyos labios se entreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duro esfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con un libro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera de Marcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estancia sobriamente decorada tenía lugar una de esas escenas íntimas que admiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde las nobles alegrías del trabajo parecen aliarse con las más dulces ideas de dicha y de paz.
Jacques prorrumpió en una exclamación de alegría, corriendo hacia Pedro, a quien la cordial acogida del pintor certificó en seguida de la discreción de Beatriz. Gracias a la narrada circunstancia pudo el marqués cumplimentar con más libre espíritu a los recién casados, haciéndoles mil elogios de su instalación y excusándose de no haber podido asistir a sus bodas, retenido en Malta por una grave indisposición de su amigo lord S***. La mano de Beatriz posada sobre la cabeza de Marcela abríase y cerrábase convulsivamente, haciendo centellear al vario movimiento las piedras de sus sortijas, y éste fue el único signo de emoción que diera la hermosa desposada. Dio ésta las gracias a Pedro por el brazalete enviado de Londres, prenda que encontraba del mejor gusto, informándose después del sincero interés ¡la noble criatura! de la salud de la señora de Montauron y respondiéndole su sobrino que continuaba tan lozana como en sus mejores tiempos. Parece ocioso añadir que nadie creyó esto, ni aun el que lo afirmaba; pero, como a todos les tenía sin cuidado la baronesa, no se insistió sobre ese punto, y así, el marqués, después de prodigar sus alabanzas al esbozado retrato, que en efecto prometía ser una obra maestra, se despidió de los recién casados.
Y se retiró llevando impreso a fuego en su imaginación el cuadro de este interior honrado y venturoso, que es la idea perdurable de los hastiados vividores de su edad, hogar que él mismo había soñado con tan sincero ardor.
¡Ay! ¡qué engañosas son con frecuencia esas escenas de aparente dicha! ¡Cuántas veces al penetrar en la intimidad de un salón de familia, cuántas veces al pasar delante de la verja de alguna riente quinta, bañada por el sol, rebosando de flores, alegrada por la argentina risa de los niños, hemos dicho: ¡he aquí la dicha!... ¡Y cuántas veces nos hemos engañado!
Tal cual la vio, oyó y admiró Fabrice por la primera vez en el blanco salón de la baronesa, con su belleza de Musa y su voz grave y melodiosa, tal está Beatriz delante de él en estos momentos... Y Beatriz es su mujer: tiene allí, además, bajo su vista, cerca del corazón, su hija y su arte, es decir, todo cuanto ama en el mundo... y no es dichoso... Las venenosas insinuaciones de la señora de Montauron voltejean traidoras, implacables por su cabeza. Le parece advertir en los procederes de Beatriz hacia él algo así como una especie de tristeza resignada, una carencia de amante abandonado, cierta frialdad un tanto desdeñosa que parecen justificar las pérfidas profecías de la baronesa. Aunque aquella hermosa estatua le pertenezca, siente que no es suya, que hay en ella algo que se rebela, un fondo de ternura apasionada que no se entrega, que se guarda como en reserva. Y como le es imposible sospechar siquiera que en el corazón de su mujer tiene un rival, se culpa a sí mismo, y un poco también a lo que le rodea. Experimenta una inquietud indefinible, se vigila con penosa desconfianza a sí mismo; teme que haya en su lenguaje, en sus maneras, en sus hábitos personales algunas torpezas involuntarias que hieran los instintos delicados, los refinados gustos, la superior cultura de su aristocrática consorte, y al mismo tiempo tiembla por el vejamen que para ella puede ser el contacto con ciertas relaciones un poco vulgares que el oficio y el compañerismo imponen al artista.