Por desgracia, las aprensiones que asaltan a Fabrice no se hallan distantes de la certeza; aunque lo haya aceptado únicamente por desesperación, Beatriz ha entrado en casa del pintor como mujer honrada, con la más sincera resolución de sofocar todo sentimiento en contradicción con sus nuevos deberes, y decidida firmemente a identificarse con su marido; pero aunque estime sus talentos, hay en el arte del pintor algo de manual, un no sabía qué de mercantil que chocaba a esta altiva patricia. Nota también ella y nota con dolor, casi con ira, en los pequeños detalles de la vida común, ligeros solecismos de buen gusto, pecados veniales de ignorancia, faltas de menor cuantía contra ciertos principios, que denuncian en el pobre grande hombre las explicables lagunas de su educación primera, y las mujeres del temple y clase de Beatriz perdonan con más facilidad un vicio, tal vez un crimen, que una incorrección.
Conociendo Fabrice la pasión de su mujer por los ejercicios del sport, quiso que ella volviese a montar a caballo y aun él mismo se había dado a la equitación hacía dos o tres meses, acompañando frecuentemente a su mujer en sus paseos matutinos al Bosque. Jacques era un jinete atrevido y sólido, pero montaba mal, sin escuela y sin elegancia: su mujer se sentía avergonzada, y buscaba las más de las veces un pretexto cualquiera para no acompañarlo, prefiriendo privarse de su placer favorito antes que ver sonreírse al pasar su marido, a los correctos jinetes de la avenida de las Acacias.
Había más todavía: contábanse entre los íntimos del taller de Fabrice, cual acontece en todos aquellos, algunos aficionados y compañeros de juventud del pintor, formando más o menos en las filas del arte y de la literatura, cuyo tono y manera disgustaban extremadamente a Beatriz y era en vano que el artista pretextase su apremiante trabajo, era en vano que se esforzara en desalentar a estos parásitos contertulios, con especial a aquellos que se distinguían por sus procederes y maneras de bohemios. Contábase en el número de estos últimos, uno que, para desgracia de Jacques, se creía éste en el deber de tolerar; llamábase el tal Gustavo Calvat, era hermano de la primera mujer de Fabrice y, por consecuencia, tío de Marcelita; sus relaciones con el pintor remontaban a la época, ya lejana, en que los dos fueron discípulos de idéntico maestro en el mismo taller. El punto de partida era, pues, común, pero mientras Fabrice, por el no interrumpido esfuerzo y constante y austero trabajo, llegara poco a poco al ápice de su arte, Gustavo Calvat embotaba sus aptitudes y perdía lastimosamente el tiempo en palabras, proyectos, teorías, críticas trascendentales y elucubraciones estéticas que le conquistaban la admiración del bulevar de las Batignolles...
«Tú hablas mucho y dibujas poco», le decía sobriamente Jacques.
Calvat se llevó mucho tiempo buscando qué género de pintura podría convenir mejor a su siglo y a su talento, creyendo varias veces haberlo al fin encontrado. Durante un viaje por Italia, que hizo a costa de Fabrice, se había decidido con ardor por los pintores primitivos, y volvió no hablando sino de Duccio, Cimabue, Giotto, Tadeo Gaddi, el Massaccio y el Perugino, entonando himnos interminables a los mosaicos de San Miniato y a la simplicidad hierática de los bizantinos. «En esas fuentes frescas y puras era, según él decía con churrigueresca verbosidad, en donde debían vigorizarse las anémicas artes del siglo XIX. Él, personalmente, se hacía el apóstol y el precursor de un nuevo Renacimiento... porque él, Calvat, había penetrado por manera indestructible, la inspiración y los procedimientos de esos inimitables patriarcas de lo bello... ¿Y cuáles eran esos procedimientos?... La sinceridad... el candor... la fe... El artista debía principiar por borrar de un rasgo la historia del mundo, a contar del año 1400... olvidar redondamente que ha habido un Lutero, un Voltaire, que se ha tomado la Bastilla... era preciso no acordarse del 89... etcétera, etcétera... cerrar los ojos, recogerse en sí mismo... arrodillarse en espíritu en medio de un capítulo de viejos monjes del siglo XIV... Después abrir de nuevo los ojos y mirar al cielo piadosa, humildemente, cual un niño que reza su oración... Y entonces... entonces... tomar la paleta y pintar.» Y esto diciendo, trazaba en el aire con contorsiones de poseído el disparatado bosquejo de una obra maestra imaginaria. Era curioso, en verdad, ver a Gustavo desarrollar esta teoría dando a su cara de bohemio aires de vidente, mientras hacía muecas prerrafaélicas.
Después de haber hecho una Anunciación, de estilo bizantino, y una Santa Familia, sobre fondo de oro, quedó desazonado, cobrando horror a los primitivos (había de qué). Pasó después a imitar los maestros venecianos... luego la escuela flamenca y holandesa que tanto se aproxima a la naturaleza... después pintó la naturaleza, misma... ¡Este fue el último crimen, porque sus obras, que nunca fueron buenas, concluyeron por ser aborrecibles!
Fabrice procuró en vano hacerle comprender que el arte de ninguna manera consiste en servilmente copiar a la naturaleza, la que en sí misma es inerte y muda, sino en reflejar sobre ella las ideas que su contemplación sugiere a nuestra mente, prestándole un algo de esa alma que nosotros poseemos y de que ella carece; pero Calvat al oír tan exactos y atinados razonamientos, rompía en indignación, apostrofando a su cuñado de ser pintor de damiselas, de paisajista de corte, enviándolo por fin a esa repulsiva fosa común del ya difunto idealismo, es decir, la Academia.
Jacques, por íntima complexión bondadoso, reía a más no poder de la gárrula charla de Gustavo y de su pintura por el método de las gesticulaciones, mas lo que no le perdonaba fácilmente era el desorden de su vida, que entera se deslizaba en cafés y cervecerías, y aun más lo disgustaba el perverso espíritu de envidia, la hostilidad maldiciente con que denigraba a todo lo que valía más que él. A pesar de todo, Fabrice continuaba acogiendo amistosamente a este triste pariente y aun sacándolo de muy repetidos aprietos monetarios, y se conducía así porque en su piedad de hombre honrado consideraba que aquél era el hermano de su primera mujer, criatura que, si enojosa en vida, reposaba ya en la huesa, después porque Calvat tenía un mérito siempre grande a los ojos de un padre; el de amar a su hija divirtiéndola al mismo tiempo, porque con sus tendencias y aficiones a la mímica, le representaba escenas de Guignol, imitaba el grito de diversos animales y los sonidos de varios instrumentos: era, en suma, un farsante que, con sus mil arlequinadas, arrancaba a la niña esas infantiles carcajadas que suenan tan gratas en los paternos oídos.
Desde el primer momento este joven avejentado, gritón, charlatán, maltrecho de traje y no limpio de persona, con nariz como pico de ave carnicera, pegajoso bigote, dudosas uñas y marcado olor a tabaco y cerveza, inspiró a Beatriz la más profunda antipatía. Cierto es que se había sentido conmovida ante las razones de sentimiento en que su marido fundaba su tolerancia, mas no por eso dejaba de ser para ella una contrariedad de las más fuertes tener que sufrir a la continua el trato y la presencia de semejante documento.
Calvat vio por su parte con muy malos ojos el matrimonio de Fabrice con esta gran dama, cuyos desdenes presentía, y que iba a ser un fiscal implacable de sus habituales inconveniencias, y además le molestaba que ahora cada vez que iba a ver a su sobrina tenía que ponerse paquete. ¡Trascendental motivo de rencor! Aparte del cual inspirábale Beatriz esa aversión odiosa que sentía por todo lo que fuese superior, a él, ora en el orden físico, ya en el moral e intelectual. Por último, se sentía inquieto en el único honrado sentimiento que le restase, temiendo que la nueva esposa de su cuñado no le arrebatara la afección de Marcelita a quien, en su entender, alejaría de él poco a poco la altanera madrastra.