Por todas estas comprensibles razones, tanto Calvat aborrecía a Beatriz cuanto ésta lo despreciaba, y la mutua antipatía de estos seres, unidos por diabólico designio, no podía menos de crecer más, y más emponzoñarse con el transcurso del tiempo.
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confidencias
Debe reposar sobre algún principio científico, será tal vez un fenómeno de sugestión, ese afecto constante, seguro y marcado de todos los maridos hacia el hombre que sus mujeres aman. El pobre Fabrice no debía escapar a esa fatalidad: desde el regreso de Pierrepont mostraba por él aún más efusiva amistad que en los mejores tiempos del pasado, lo que quizás explicaba, el deseo de ganar para Beatriz la compañía de un tan consumado y brillante hombre de mundo cual era el marqués. Habiendo mostrado éste una muy natural reserva en renovar sus visitas a la joven pareja, el pintor le dirigió reproches y lo mortificó a este respecto de una manera hasta enojosa; de todas las involuntarias torpezas en que incurrir pudo ante los ojos de su mujer nuestro pintor, no fue ésta la que menos dejó de chocarle, porque olvidando que Jacques ignoraba en absoluto el recíproco secreto de ella con Pierrepont, vio en la insistencia de su marido para atraer al marqués al domicilio conyugal una falta de tacto, una inhabilidad peligrosa, y lo que es más, un rasgo de maldad con respecto a ella. ¡Cómo! ¡cuando ella misma agotaba voluntad y valor por expulsar para siempre de su alma el pensamiento de ese hombre, que tanto había amado, era su propio marido quien se lo traía de la mano imponiéndole su presencia turbadora!
Fue ésta una nueva inculpación que formuló contra Jacques y que, como las otras, no tenía tampoco fundamento alguno de justicia, mas cuando una mujer tiene la desgracia de no amar a su marido, encuentra siempre motivo para atenuar a sus propios ojos la sin razón que su conciencia íntima reprueba, y al proceder así obra de buena fe, porque para su alma ulcerada todos son sufrimientos, para su enfermo corazón todas son heridas.
Era, sin embargo, tan elevado el temple de carácter de Beatriz, que ni un momento pasó por su mente la idea de ceder a la tentación, abusando de la vulgar ceguera de su marido; persistió, pues, en la conducta que de antemano se había trazado al prever, más o menos tarde, la vuelta de Pierrepont, y fue para ella tanto menor dificultad tenerlo a distancia, cuanto que Pedro procuraba, por su parte, altivo y desdeñoso, mantenerse lejos de Beatriz, prefiriendo los reproches del marido al desprecio de la mujer.
Fabrice, sin embargo, aunque sintiendo amargamente la frialdad sombría en que su mujer se encerrara, no desconfiaba vencerla a la larga en fuerza de generosas y delicadas atenciones. Después de haber consentido y mimado de todas maneras durante el invierno a su ingrato ídolo, le tomó para el verano una linda quinta entre Meudon y Bellevue, cuya quinta tenía, entre otras ventajas, la de aproximarla a su amiga la señora de Aymaret, quien pasaba el estío de aquel año en Versalles. La mansión, con frecuencia habitada por pintores, era bastante sencilla, pero dominaba el radiante valle del Sena, mientras que a sus espaldas desarrollábase el siempre grandioso panorama de París. La planta baja se abría sobre un vasto jardín que bajaba hasta el río en suave pendiente a través de bosquecillos y malezas llenas de gracia en medio de su abandono un tanto agreste: próximo a la casa cierta especie de colgadizo, grande y acristalado, servía a Jacques de taller. En la parte baja del jardín una espaciosa avenida rectilínea, bordeada de arrayanes entrelazados, parecía por su grandioso estilo ser el resto de un parque de cualquier antiguo castillo, y un camino público, profundamente encajonado, corría por de fuera. Esta avenida se encontraba limitada en sus dos extremidades por muros muy elevados contra uno de los cuales habíase puesto un blanco, y en frente, al otro lado, un asiento rústico; era nuestra alameda, en fin, un lugar particularmente retirado y solitario que hacía las delicias de la mujer del pintor. Allí pasaba cierto día Beatriz sus ensueños, y era una ardiente mañana de julio, a fines, cuando vio aparecer en el recodo del vecino sendero a la vizcondesa de Aymaret, que le dijo en festivo tono:
—¡Estaba segura de encontrarte en la alameda de los suspiros!
En seguida, después de haberla besado:
—Vengo a darte una noticia... bastante inesperada... La pobre baronesa, que se lisonjeaba de tener treinta años por delante...