—¡Qué!—exclamo Beatriz tornando violentamente el brazo de su amiga.

—Se murió anoche, hija mía, de un ataque de gota al corazón... Pierrepont me envía un telegrama encargándome que te lo prevenga...

La señora de Aymaret se interrumpió; Beatriz, cubierto el rostro de palidez mortal, la miraba con aterradora fijeza... débil contorsión plegó sus labios, apoyó la espalda contra los arrayanes, pero sus rodillas se doblaron y cayó desplomada.

La vizcondesa lanzó un ligero grito, titubeó un momento, mas advirtiendo que se hallaba demasiado lejos de la habitación para ser oída, arrodillóse delante de la joven desmayada e hízole respirar su frasquito de sales, prodigándole al mismo tiempo dulces palabras. Beatriz volvió lentamente a la vida, y mientras se levantaba desconcertada y atónita:

—¿Qué he tenido?—murmuró en débil voz.

Un pliegue sombrío obscureció su nítida frente de diosa y la sangre agolpóse a sus mejillas.

—¡Ah! ¡ya me acuerdo!

—¿Quieres que vaya y llame a tu marido?

—No... No... además, sería inútil... Está en París... ¿Tienes ahí el telegrama?

—Tómalo.