Beatriz lo leyó, e inclinando con desaliento la cabeza:

—¡Oh! ¡Dios mío... esto es ya lo último!—dijo en casi imperceptible tono.

Y como la señora de Aymaret la mirase con estupor:

—¿Me crees loca?—continuó...—¿No te explicas la emoción que me causa la muerte de esa mujer?

—No... no te comprendo... ¡pero absolutamente!

—¡Bueno! pues vas a comprenderme; pero prométeme que lo que voy a decirte quedará para siempre entre las dos.

—Te lo prometo... pero me das miedo... ¿qué es esto?... ¿qué hay?

—Hay, mi querida Elisa, que yo amaba al marqués de Pierrepont... lo amo de toda mi vida... y si rehusé su mano es porque la tía me juró que lo desheredaba si se casaba conmigo... y hoy ha muerto... ¿entiendes?... ha muerto algunos meses después de mi matrimonio con otro... si hubiese esperado este poco de tiempo sería su mujer... ahora me encuentro separada de él para siempre... ¡y lo amo más que nunca!

Ocultó el rostro entre sus manos y rompió a llorar.

Para la señora de Aymaret, que hasta este instante mismo continuaba creyendo que Beatriz se había casado con Fabrice por un arrebato de amor, fue esta revelación tan nueva, tan imprevista, que en el primer momento no pudo responder a su amiga sino con vagas exclamaciones de admiración y lástima.