—¡Ah! ¿pero es posible?... ¡Pobre amiga mía!... ¡Pobre amada mía! ¿Cómo no me lo habías dicho antes?

Beatriz le contó entonces brevemente lo que había pasado aún no hacía un año entre ella y la baronesa de Montauron, el juramento que ella empeñara, juramento que la muerte rompía ahora.

—Y aun cuando hubiese podido comunicarte mi secreto, no lo hubiera hecho... te conozco. Lo habrías contado todo al marqués, éste hubiera roto con su tía y vendríamos, hoy a estar en el mismo caso... ¡Su ruina estaría consumada, teniendo yo tal vez un día que sufrir sus reproches!... ¡No, eso no!... Mi única falta ha sido haber abandonado mi primera inspiración de entrar en el convento en lugar de contraer este desdichado matrimonio, engañando a un hombre honrado.

—Pero—arguyó la señora de Aymaret—, a ese hombre honrado, que es al mismo tiempo un hombre de corazón y un hombre de talento, ¿no puedes amarlo un poco siquiera?

—Lo he procurado... pero no puedo... Juzga mi situación—replicó Beatriz con suma viveza.

Y entonces puso a su amiga en antecedentes de sus primeros disgustos domésticos, de sus decepciones continuas, de sus repulsiones secretas. La señora de Aymaret afectó chancear acerca de estas pequeñas miserias comparándolas con los dolores realmente trascendentales de la vida, exponiendo con mucho acierto a Beatriz que para borrar esas ligeras faltas de educación de que adolecía Fabrice, le bastaría con dar a éste, poco a poco, y como en broma, algunas lecciones de perfecta corrección, que, a no dudar, su marido recibiría con buena, voluntad.

El verdadero dolor para Beatriz estaba en ese perturbador amor que, a pesar suyo, la siguiera a su hogar, perturbador amor que la desalentaba en todos sus propósitos emponzoñando su existencia, ilegítimo afecto de que era necesario denodadamente hacer el sacrificio.

—¡Muy fácil de decir!—replicó su amiga.

Entonces la señora de Aymaret, tomando un tono confidencial, le hizo entender que ella tuvo necesidad de hacer un análogo, hacía algunos años, y que le constaba ser difícil, mas no imposible, llevarlo a cabo...

—¡Y confesarás, amada mía, que yo hubiese tenido más excusas que tú!