—¿Y de qué medio te has valido?—interrogó Beatriz, a quien esta misteriosa revelación le interesaba—¿Has dejado de verle?

—Amada mía, eso de dejar de verse no son más que palabras cuando se vive en la misma esfera social... No... pura y simplemente he cambiado mi amor en amistad... De esta manera el corazón no lo pierde todo...

Beatriz la miró de hito en hito.

—¡Ese es Pierrepont!—le dijo con voz muy baja.

—De esto hace cuatro años—prosiguió la vizcondesa—. No recuerdo quién distintamente... pero se parecía algo al que has nombrado... Por otra parte, puedes estar tranquila... no me quería a mí tanto como a ti... porque a mí no se me insinuó para casarme...

Beatriz titubeó un momento, pero al cabo atrajo hacia sí tiernamente a su amiga, besándose las dos en medio de abundantes lágrimas.

—¡En fin! procuraré—afirmó Beatriz—; me ayudarás con tus consejos y tu ejemplo... pero tú eres una valerosa y prudente mujercita, y yo soy un pobre ser débil y despechado... No hay mal que por bien no venga: siquiera ahora tengo el consuelo de poder hablar contigo de todas estas cosas... ¡pero por Dios ni una palabra al marqués de lo que te he confiado!...

—¡Si cometiese semejante falta—replicó la señora de Aymaret riendo—, no sería una prudente mujercita!...

Caía la tarde y las dos amigas se despidieron.

Pero Elisa vino a ver a Beatriz con frecuencia hasta tanto que pareció ésta a la vizcondesa más calmada. Sin embargo, a pesar de las tiernas exhortaciones de la señora de Aymaret, era imposible que Beatriz no se sintiese profundamente turbada por las reflexiones que forzosamente había de sugerirle la muerte de la señora de Montauron; era imposible que en adelante no le pareciesen todavía más pesados sus deberes, todavía más amargas sus contrariedades.