—Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice usted, señorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre el particular a mi joven camarada.
—¿Cómo así, mi querido amigo?
—Como usted lo oye... «Amado Julio—le he dicho... ¡tan íntima es nuestra amistad!...—He tenido el gusto de conocer a la señorita de La Treillade en casa de mi tía, durante una temporada de campo... con ese motivo tuve la ocasión de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura, una sensibilidad, y permítame la expresión, señorita... un candor... que exigen los mayores miramientos.
—Señor de Pierrepont, no sé realmente cómo darle las gracias por sus bondades conmigo...
—No hacen más que principiar, señorita... ¡si usted tiene a bien alentarlas!
—Pues bien, las aliento... ¿Continuará usted visitándome después de casada?
—Todos los días, si me lo permite usted.
—Todos los días sería demasiado fatigoso para usted... porque nosotros vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible calle Varennes.
—Perdón, señorita, pero, además del hotel de la calle Varennes, conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.
—¿Para qué, amigo mío?