—Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.
—¡De veras!... ¡si usted supiera cómo me divierte eso!
—A mí tampoco me contraría, señorita, se lo aseguro a usted.
Este chispeante diálogo, que parecía hacer las delicias de la candorosa institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la súbita y bulliciosa irrupción de dos o tres jóvenes amigas que invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson tomó los colores de una rosa de Bengala cuando advirtió que Pierrepont se encontraba allí, pero, desdichadamente, al marqués no se le antojó prolongar su visita, por cuya razón se puso en retirada, no sin haber antes dado la mano a Mariana, que le dijo:
—Creo que no será la última vez... ¡espero que cumplirá usted su palabra!
—¡Oh! ¡de eso esté usted bien segura, señorita!
Después de los besos de ordenanza, las señoritas de Alvarez y de Chalvin, que acompañaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a la de La Treillade si se había ya fijado la época del casamiento.
—Sí—respondió Mariana—, se ha decidido que se efectúe el 5 de enero, así como a manera de aguinaldos para mí... o, mejor dicho, para mi marido...
—¿Creerás, querida, que aún no conozco a tu marido?—dijo la señorita de Chalvin—, ¡y tengo una curiosidad!
—¡Glotona!—replicó Marianita—, pues bien, relámete... va a venir... lo estoy esperando...