—Querida mía—le dijo de pronto—, ¿sois del viejo régimen?
—¿Viejo régimen?... perdón... no comprendo.
—Os pregunto, querida, si tenéis la simpleza de tomar en serio las viejas rutinas sociales, las tontas convenciones de nuestros padres... ¡y en especial el matrimonio!
—¿A dónde vamos a parar, amado Julio?
—A ponernos de acuerdo desde el principio, ¡alma mía!, y para eso es necesario que antes nos conozcamos... En cuanto a mí voy a deciros claramente lo que soy... Os habrán contado probablemente que yo era un libertino, un depravado, un don Juan... nada de eso, amiga mía... no soy más que un hombre de mi época, desprendido de toda clase de preocupaciones... un hombre que puede someterse a las costumbres, y a su tío... pero no me enajena la independencia.
—¿Y qué más?—interrogó Mariana con una sonrisa indiferente y burlona que no dejó de desconcertar a su marido.
—¿Y qué más?... pues es muy sencillo... he querido deciros que podéis contar con mis más sinceros sentimientos... pero que no debéis de esperar esas ternezas... es decir, las costumbres de uso en un matrimonio de aldea.
—¿Y después?—continuó la joven con su misma sonrisa graciosa e impasible.
—Y después... que para sentar desde luego los precedentes de esta independencia que reclamo... os pido permiso para ir a dar una vuelta al círculo... por supuesto, si eso no os contraría demasiado.
—Eso no me importa nada, amigo mío.