—Debo añadir que entraré probablemente un poco tarde... hacia la madrugada.
—¡Tanto mejor!—repuso ella.
—¡Bueno!—continuó el baróncito, tomando su sombrero—. ¡De acuerdo!... ¿Me permitís que os dé un beso en la mano?
—¡Con mucho gusto!—y le tendió la suya enguantada.
Julio Grèbe salió con aire de triunfador, ganando la calle por la escalera privada de su departamento.
Era éste un golpe de efecto que meditaba desde hacía mucho tiempo y del que esperaba cosechar inmarcesible gloria, porque eso de ir a pasar su noche de boda en casa de su amante no podía ser más fin de siglo, nada podía dar más evidente testimonio de su desprecio hacia la estrecha moral del vulgo.
Bajó Julio fumando, por la avenida de Messina, dio algunos pasos por el bulevar Haussman en dirección a la calle d'Argenson, donde vivía su amante que lo aguardaba, mas se paró de pronto... De veras... lo abandonaba el valor; fuese que la enormidad de la villana acción que cometía, despertase su conciencia embotada, fuese que la tranquila ironía de Mariana lo inquietara, fuese que realmente estuviese enamorado de su mujer, ocultando su afecto por un estúpido y torcido amor propio, lo cierto es que renunció a llevar más lejos su indigna fanfarronada y tomó de nuevo el camino de la calle Monceau. Después de tan corta ausencia, le sería fácil hacer pasar, la cosa como una simple broma.
Ya en su casa, entró sonriendo en el gabinete donde había quedado su mujer; las lámparas ardían todavía, pero Mariana no estaba; después de haberla llamado con discreción, penetró en el dormitorio débilmente alumbrado, mas vio sorprendido que no había nadie; subió corriendo a las habitaciones de miss Brown. Miss Brown tampoco estaba; no atreviéndose a interrogar a la servidumbre, salió de nuevo y fue a tomar noticias al hotel del parque Monceau donde vivía la señora de La Treillade. Mariana no había parecido por allí; entonces volvió a su domicilio y pasó la noche paseándose en el gabinete de su esposa desde las doce hasta las siete de la mañana, a cuya hora tuvo el gusto de verla entrar pálida y yerta de frío, envuelta en un abrigo de pieles.
—¿De dónde venís?—le preguntó con voz ahogada.
—Vengo de pasear mi libertad como vos paseáis la vuestra.