—¡Me parece bien!—gritó el barón.

—¿No es verdad?—repuso fríamente Mariana.

—¡Pero es que no ha sido más que una broma!

—Una broma ha sido también la mía.

—¿Por quién me tomáis?—preguntó al fin, rojo de cólera.

—Os tomo por un pobre hombre desenterrado... Vamos, idos a dormir... ¡Vamos, idos!

Mariana le mostró la puerta y él salió mansamente... Estaba espantado.

—Querido—decía Julio algunos días después en tono confidencial a su amigo Pierrepont—, sabes que si yo soy fin de siglo, ¡mi mujer lo es aún más que yo!

—Me admiras, Julio—respondió Pierrepont.

XII