el palco del teatro francés

Dos meses después del casamiento de la señorita de La Treillade con el barón Julio Grèbe, Fabrice y su mujer, acompañados de los señores de Aymaret, fueron una noche al teatro Francés.

Ocupaban aquel grande y conocido palco de escena que la administración del establecimiento se reserva, cediéndolo de cuando en cuando a los amigos de la casa, y ese palco es tanto más buscado cuanto que de él depende un saloncito colocado enfrente del otro lado del corredor.

Eran las nueve y media y acababa de levantarse el telón para dar principio al segundo acto de Mademoiselle de la Seiglière, cuando la atención que Beatriz y la de Aymaret prestaban a la pieza, fue bruscamente interrumpida por la estruendosa entrada que efectuaban tres o cuatro personas en el palco opuesto al que ocupaban nuestras conocidas, quienes reconocieron en seguida a la baronesa de Grèbe, por su familia de La Treillade, escoltada de su fiel institutriz y seguida del marido y del marqués de Pierrepont.

Estas señoras y caballeros parecían estar de muy buen humor, tanto, que la exuberancia de sus demostraciones levantaron en la sala algunos murmullos de descontento.

Todo París se ocupaba hacía algún tiempo de la intimidad de Pierrepont con la joven baronesa de Grèbe, y en cuanto al barón, enteramente domado, fascinado e hipnotizado por su mujer, había concluído por formar parte de la numerosísima cohorte de maridos de que rebosa el mundo y de los cuales no sabe uno si compadecer la ceguera o admirar la complacencia. Aun para los que desconocían los escabrosos detalles de estas relaciones públicas del marqués con la tierna recién casada, la circunstancia precisamente de la extremada juventud de su cómplice, le daba un aire de criminal corrupción de menores que causaba universal repugnancia. Fue esta grave falta nuevo motivo de tristeza para sus amigos de otros tiempos, que veían degradarse bajo sus ojos, de escándalo en escándalo, esta noble, delicada y caballeresca figura que tanto los había hechizado en otros tiempos.

Mucho tiempo hacía que Beatriz y su amiga ni pronunciaban siquiera el nombre del marqués, cuando sufrieron la contrariedad de encontrarse con él y Mariana cara a cara en una función del teatro Francés. No tardaron en advertir que a su vez fueron reconocidas, considerada la expresión de fisonomía de los vecinos y el incesante jugar de los anteojos; Mariana se expresaba con viveza, pareciendo mostrar decidido empeño en llamar la atención del marqués sobre el palco de Fabrice.

En el entreacto Jacques, a quien un trabajo urgente llamaba a casa, se retiró, seguido del vizconde, que se fue al círculo a jugar su indispensable partida de bésigue. La señora de Aymaret debía acompañar a Beatriz a su domicilio al concluir el espectáculo.

En los mismos momentos en que los dos maridos abandonaban la sala, Pierrepont, pareciendo obedecer contra su voluntad una orden de Mariana, se levantaba y salía de su localidad. Beatriz, que tras del abanico no cesaba de mirarlo, sintió que el corazón se le saltaba del pecho, y aun tuvo que ponerse sobre él la mano para contener sus violentos latidos.

—¿Qué tienes... qué te ha dado?—le preguntó la vizcondesa.