—¡Estoy segura de que viene a vernos!
—¡Qué disparate!... ¿Estás loca?
—¡Ya lo verás!
Tres o cuatro minutos después tocaron ligeramente la puerta del palco. La señora de Aymaret se levantó a abrir y Pierrepont entró.
Saludó cortésmente pero con frialdad, y echó a su alrededor una mirada como extrañando encontrar solas a las dos damas.
—¿Pues qué, se ha ido Jacques?—les preguntó.
—Sí—respondió la vizcondesa—; acaba de irse.
—¡Oh!... ¡qué fastidio!... ¡qué fastidio!—añadió Pedro ocupando con cierta extraña torpeza el asiento que le ofrecían, con torpeza tal que se le cayó el anteojo de teatro, recogiéndolo con risas tan exageradas que chocaron a aquéllas damas—. Estaba encargado de trasmitirle una misiva... una misiva... a ese buen Jacques... pero no dudo de que la señora Fabrice tendrá a bien servirme de intermediaria... y naturalmente obtendrá de su marido cuanto le pida...
La incorrección del lenguaje del marqués, el balbuciente acento con que acompañara sus palabras, lo descompuesto de su gesto y modales, no escaparon a las jóvenes amigas, que convinieron dolorosamente para sus adentros en cómo eran una verdad los hábitos de intemperancia que se le atribuían a aquél.
—He aquí el caso—continuó Pierrepont, mientras las señoras escuchaban con verdadero estupor—. Todo el mundo se ocupa del retrato de miss Nicholson que Fabrice acaba de terminar... una obra maestra según dicen... la baronesa Grèbe está encaprichada de tener uno también... pintado por la mano del grande artista... pero según parece... está recargado de trabajo... rehusa clientela... hay que aguardar turno... hacer antesala... y yo quisiera uno... un retrato... de la mujer de mi joven amigo... por intermedio, repito, de la señora Fabrice.