Ni la índole de la petición, ni las formas con que fuera hecha, eran asuntos que pudiesen complacer a Beatriz.

—Mi marido—respondió aquélla con glacial desdén—jamás me consulta acerca de los modelos de mi agrado... Nunca hablamos de cosas que se refieren a su profesión.

—¡Ah!... ¿según parece... la señora de Fabrice nos niega su apoyo... en este particular?

—Sí, señor, lo niego—replicó Beatriz levantándose con dignidad—. Elisa, permite que me sirva de tu cupé; volverá dentro de veinte minutos.

Pasó altivamente delante de Pierrepont, abrió la puerta del palco y entró en el salón de enfrente poniéndose su abrigo de pieles. La señora de Aymaret había venido a ayudarla; diéronse la mano y Beatriz se fue.

Pierrepont de pie, inmóvil, mudo, asistía en la penumbra del palco a esta breve escena. Por fin, decidióse a ir al encuentro de la vizcondesa que permanecía en el saloncito; la interesante dama se había sentado en un diván y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le oprimiera el corazón. El marqués paróse delante de ella, agitadas las manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque la cólera había acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensayó formular una disculpa.

—A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intención no ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una señora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo demás, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...

De pronto callóse, como advirtiese que la señora de Aymaret ocultaba su rostro entre las manos y que las lágrimas escapaban de sus ojos, humedeciendo sus guantes.

Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqués, pálido como un cadáver, le dijo en baja, aunque firme voz:

—¿Por qué llora usted?