La vizcondesa no le respondió sino con una explosión de sollozos.
—¡Ah!... lo sé—replicó el marqués, sacudiendo tristemente la cabeza—; llora por causa mía... llora por causa del hombre a quien ha honrado con su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy caído en la última degradación... pero si le causo lástima... si le causo horror... ¿de quién fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?
—¡Señor de Pierrepont!
—¡Nada de nuevo le digo, señora... nada!... El cambio singular que se ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos para usted... Es imposible que usted... ya que no los demás, no adivine la causa verdadera...
—Algunas veces... sin duda—murmuró la vizcondesa—, esa idea ha pasado por mi cabeza... Pero, ¿cómo aceptarla?... ¿Cómo suponer que una decepción, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?
Titubeó un momento.
—¡Tan bajo!...—dijo Pierrepont, terminando la frase—. ¡Pero, por Dios, señora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para mí ese desengaño a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre está en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo convierte en bueno o en malo... Cuanto a mí, esa mujer fatal ha sido su amiga de usted... Tal cual ella se me aparecía entonces, con su temible belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente símbolo de la dicha que yo soñaba en el seno de un hogar respetado... Yo había cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueño de que ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstáculos que nos separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que debía yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo, las privaciones, las estrecheces, la sujeción, el trabajo... con tal que fuera mi mujer... Sabe, en fin, cuánto la amaba... con qué loca ternura... casi santa, me atrevo a decirlo así... Y cuando ella ha burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en un insensato y que la llame una miserable.
—Señor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, ¿es digno de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una mujer porque ha rehusado casarse con usted?
—¡No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino porque durante meses y años ha alentado mi pasión, porque me ha hecho creer que la compartía... y porque mintió, en fin!... Vamos a ver, señora, ¿cree usted que soy un niño? ¿cree que pude engañarme con respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo? Pues que, ¿todo eso no estaba diciendo que me amaba? ¡Vamos, que usted misma estaba persuadida y todo eso no era más que mentiras y fría coquetería!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para ella que no tenía nada, era yo un partido... pero el día en que un pretendiente más rico se le presentó, arrojóse en sus brazos sin mirar que me partía el corazón.
—¡Si supiera, señor, si supiera cuán injusto es usted!