Segura ya del perdón de aquélla, pasó la vizcondesa al terreno de las recomendaciones, de los consejos, de las súplicas, repitiendo bajo otras formas lo mismo que había dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a su amiga de lo que conviniera con el marqués y procurando hacer comprender a aquélla, como Pedro por su parte lo comprendía también, que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable, encontrarían todavía algunos encantos en su recíproca situación, encantos sin duda melancólicos, pero puros y profundos en su misma poética nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz más que oprobio, degradación, sonrojo, y para la misma señora de Aymaret eternos remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible en evitación de mayores males.
Beatriz le dio las gracias con efusión, confesándole que en lo íntimo de su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que sería aún más dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando a la vizcondesa que en cuanto a lo demás podía tener confianza en ella. «Hay—le dijo con entera buena fe y no sin un poco de altivez—pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho me queda que sufrir todavía, pero aun cuando no tuviera principios tendría bastante orgullo, demasiado respeto a mí misma para ir a buscar el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.
Después de tan satisfactoria conferencia, la señora de Aymaret volvió a su casa y se tendió en un sofá durmiéndose con sueño de justo.
El día siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el de recepción en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro más tiempo para dar un paso que lo atraía y lo inquietaba al mismo tiempo; encontró a aquélla rodeada de visitas, circunstancia que atenuó las dificultades de esta primera entrevista. Un apretón de manos bastante prolongado, un rápido cambio de profundas miradas fue toda la explicación que medió entre ellos.
Al abandonar la sala entró el marqués en el taller de Jacques, quien no pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de embarazo.
—Querido maestro—le dijo sencillamente Pedro—, heme aquí de nuevo... semejante al hijo pródigo... En una palabra, he tenido graves disgustos... lanzándome para olvidarlos en una miserable vida de calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ahí debiera haber empezado.
—Tú eres siempre bien venido, queridísimo Pedro—replicóle el pintor, dándole un prolongado y vigoroso apretón de manos—. Tu presencia me hacía falta y también tus consejos... y para reparar de seguida el tiempo perdido, voy a enseñarte un cuadrito que me está dando que hacer—y diciendo esto levantó un forro de sarga que cubría el caballete—. Para que no te equivoques—continuó—, principiaré por decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo... Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que están entre bastidores... ¿qué te parece?... ¡Yo la encuentro atroz!
—¡Es magnífico!—contestó el marqués, después de un minuto de examen.
—¡Vamos, tanto mejor! Pero hay todavía para diez sesiones... Tengo otra pelota en el tejado... pero ésta es la mar... figúrate que la primera vez que vino a verme descubrió el bueno de papá Nicholson, curioseando en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando las cuatro estaciones... se ha enamorado de aquéllos y quiere que se los pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... ¡como quien no dice nada!... «Pero, señor—le dije—, para dar a usted gusto tendría que consagrar exclusivamente a esa obra un año de vida... por lo menos... y francamente, mis medios no me lo permiten...» ¡Motivo de más para estimular al buen señor, que me ha ofrecido una fortuna!... ¡Y como al fin tengo mujer e hija, es ésta una ocasión para asegurarles su porvenir... por cuyo motivo he aceptado!
—¡Has hecho muy bien, y papá Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo suponía!... ¿Y has empezado ya tus recuadros?