—No están más que esbozados... pero no puedo trabajar aquí... el taller es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a alquilar la quinta del año pasado, y mi mujer, en consideración a este trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este año. ¡Espero, mi querido marqués, que no aprovecharás otra vez nuestra residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!

—Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu horizonte—respondió Pierrepont riendo.

Así se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la comida, como hablasen de ese particular, la mortificó inocentemente con sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversión de Pedro.

—Se me figura—dijo el pintor a Beatriz—, que tu amiga la señora de Aymaret es quien ha operado el milagro.

—Eso mismo me imagino yo—respondió Beatriz.

—Lo que me llama más la atención es que anteanoche en el teatro, sin ir más lejos, de todo tenía cara menos de penitente.

—¡Pues precisamente!—replicó Beatriz—. Fue a nuestro palco a ver a Elisa cuando ya nosotros nos habíamos ido, y aquélla le predicó un sermón sin paño.

—¡Qué atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a grandes disgustos que ha tenido... ¿Qué grandes disgustos han sido ésos?... ¿Tienes alguna idea?

Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en sus labios se dibujó indefinible sonrisa.

Pocos días después de estos incidentes, ocupábase la crónica escandalosa de París de una ruptura entre el marqués de Pierrepont y la baronesa de Grèbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado aquél servir de intermediario con Fabrice para que éste hiciera el retrato de la joven dama a la moda, ésta lo despidió después de una violenta escena, y aunque mandó llamarlo al día siguiente por medio de un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por más que el barón Julio, completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo de llevar por sí mismo la misiva.