En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliación de Pierrepont con Beatriz, tuvo la señora de Aymaret el gusto de ver que las recíprocas relaciones de aquéllos tomaban el carácter que ella les había asignado con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan tranquila paz, aun cierta alegría misma que le parecieron del mejor augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las personas que se encuentran satisfechas en una situación dada sin aspirar a salir de ella. En realidad, encontrábase todavía bajo la influencia de la impresión primera, que era para los dos la de un inmenso alivio, porque Beatriz no tenía ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdén de Beatriz había tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo, también en su orgullo, no sentía tampoco sus heridas desde el momento que se sabía amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a ellos, al menos por algún tiempo, la ilusión de apacible y duradera dicha.

Poco a poco fue el marqués volviendo a sus antiguas costumbres, frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss Nicholson, con cuya amable persona había intimado mucho la mujer del pintor. La señora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba también decidida simpatía, solía acompañarla cuando su padre no podía hacerlo. Miss Nicholson preparábase por estos tiempos a abandonar la Francia después de dos años de residencia en ella, y ya sabemos las mil ocupaciones que una señorita tiene antes de dejar una ciudad como París, razón por la cual no podía asistir diariamente a casa del artista; pasáronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese recibido con la última pincelada la firma del maestro, sin que, por otra parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada, quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia verdaderamente angelical, sobre todo si el marqués de Pierrepont se encontraba presente. No dejó la señora de Aymaret de parar su atención sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador semblante de la joven, parecía aún más encantador y más sonrosado cuando Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre Ketty nada presagiaba que el marqués tuviese la intención de pasar a mayores.

Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la señora de Aymaret otras observaciones que le dieron mucho que pensar decidiéndola a llevar a la práctica ciertos diplomáticos planes. Habiendo ido la americana a despedirse de la vizcondesa en la víspera de su partida para New York, vía Havre, resolvió aquélla aprovechar la oportunidad y poner los cimientos del proyecto que hacía algunas fechas venía acariciando: claramente advirtió que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesión, circunstancia que llenó de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte, estaba decidida a pedírsela a aquélla. Ketty le contó paulatinamente a Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los hechizos de las de su raza, que sentía una tierna inclinación por el marqués, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aquél era totalmente indiferente hacia ella, por cuya razón partía desesperadamente. La señora de Aymaret trató de rehacer un poco su moral, ofreciéndole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que hacía tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado había encargado a ella, en quien tenía ilimitada confianza, que le designara persona de su agrado; así, pues, Elisa lo inclinaría hacia Ketty, cuidando, por supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de ésta.

—Pero entendámonos, niña mía—añadió la vizcondesa—; si consigo expedirlo para Chicago, ¿puedo estar segura de que encontrará buena acogida por su parte de usted, no es eso?

Miss Nicholson respondió con un gesto expresivo acompañado de cierta expresión que a nuestra lengua podríamos traducir por ¡caramba!, arrojándose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubrió de besos, para salir después con su aire marcial, la frente radiante, cual si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.

La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor tomaban de día en día, merced a las facilidades del taller, un aire de intimidad que no entró en las previsiones de la vizcondesa y que comenzaba a preocuparla seriamente. Los recíprocos procederes de Pierrepont y Beatriz ofrecían ciertos síntomas acerca de los cuales nunca se engaña el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los primeros días, habían sucedido timideces, cortedad, largas y profundas miradas, prolongados silencios, ensueños, mal humor constante; era visible que se buscaban, y que al mismo tiempo temían encontrarse; era visible que en sus más insignificantes palabras había algo de tierno y de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones personales, directas, eran muy raras, y que aun parecían querer evitarlas en lo posible, de lo que venía a deducir, con harta razón la vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentación de las efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los creía culpables, y les hacía justicia, pero, un contacto tan íntimo y tan familiar entre ellos, ¿no podría ser prueba demasiado fuerte que al fin diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen? ¿No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente como en otros tiempos, al lado de la señora de Montauron? ¿No podrían despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada época esos íntimos sentimientos, haciendo aún más sensible la ya grande antipatía de Beatriz por su marido?

La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el campo podría aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al marqués de Pierrepont, a quien no gustaba salir de París; pero pronto perdió esta ilusión, porque, pretextando aquél el vivo interés que le inspiraba la obra gigantesca que Fabrice había emprendido, iba con frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a comer. Cuando la señora de Aymaret los encontraba allí, observaba que él guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero veía que palidecían cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir en sus pechos el huracán de la pasión; la vizcondesa se decía que si tal estado de cosas se prolongaba era suficiente la más leve combinación de la suerte, el incidente de por sí más trivial para desencadenar las olas de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos corazones.

Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad, comprendió pronto que sólo una medida radical y heroica podía contener a Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces cuando le asaltó la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson, concierto que tendría además la ventaja de alejar a aquél de Francia por largo tiempo.

Restaba que los interesados ratificasen este proyecto; miss Nicholson hallábase conforme de antemano, pero era necesario vencer la doble oposición del marqués y de Beatriz, oposición tanto más insuperable cuanto que podía apoyarse en razones especiales; nada tenían que reprocharse; manteníanse escrupulosamente en los límites de la honrada amistad que la señora de Aymaret, la misma señora de Aymaret les había recomendado. ¿Por qué, pues, atormentarlos? ¿Por qué arrebatarles este inocente consuelo que venía a compensar un tanto sus pasados sufrimientos? ¿No acusarían a su amiga de gratuita y tiránica importunidad? ¿No corría el riesgo de enajenarse para siempre la preciosa afección de aquellos dos interesantes seres?

Una circunstancia imprevista vino a poner fin a las indecisiones de la señora de Aymaret; su marido el vizconde, debilitado por todo linaje de excesos, había caído de algún tiempo atrás en un estado de anemia alarmante, y los médicos le prescribían una prolongada residencia en Glion, a orillas del lago de Ginebra; naturalmente, su mujer se prestaba a acompañarle, era necesario, pues, tentar un último esfuerzo.