Para hacerlo así marchó una mañana a Bellevue; cuando llegó a casa del pintor, dijéronle que Beatriz se hallaba en el jardín, probablemente en el taller de su marido. Este taller se encontraba a alguna distancia del caserío de la quinta, y no encontró en aquél sino a Jacques, trabajando concienzudamente en sus recuadros, que prometían ser verdaderas maravillas.
Como la vizcondesa le manifestase su admiración:
—¡Magnífico!—exclamó el artista alegremente—. Repite usted lo que Pedro me decía hace un momento, y cuando sus apreciaciones de usted coinciden con las de aquél, hay motivo para estar contento.
—¿Está aquí Pierrepont?
—Sí, da con Beatriz una vuelta por el parque... me parece que han ido a la avenida de los arrayanes... ya usted sabe el camino.
—Voy allá... hasta luego, amigo mío. Y marchóse por el sendero que atraviesa la parte baja del jardín... Corrían por esos días los postreros de abril, y a través del follaje, aún claro en esa época, pudo distinguir a Pedro y a Beatriz que caminaban lentamente uno al lado del otro. La señora de Aymaret oyó a pesar suyo algunas de las palabras que en tenue voz cambiaban los interlocutores, y aun cuando en tal tono dichas, nada tenían, en verdad, ni de misteriosas ni de confidenciales... y, sin embargo, cuando se vieron en presencia de la vizcondesa sus rostros revelaron confusión.
Después de algunas palabras indiferentes:
—Señor Pierrepont—dijo la de Aymaret—, ¿tendría usted la amabilidad de dejarme un momento a solas con Beatriz?... Pero, antes de que se vaya usted, ¿por cuál tren piensa regresar a París?
—Por el de las tres y veinte, probablemente.
—¡Excelente!... ¡Es también, el mío!... Volveremos juntos si usted quiere.