Pierrepont intentó darle las gracias, pero su voz se ahogó en su garganta; puso la mano en la mano que ella le tendía.

—¡Adiós!

—¡Adiós!—respondió.

Y aun no se oyó acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el uno en los brazos del otro, en olvido la tierra y los cielos, enloquecidos, arrastrados por esos huracanes de pasión que tornan veloces honor de varón, virtud de mujer, en flores marchitas, en muertos follajes, en huecas palabras.

XIV

la apuesta

El despertar de una mujer honrada y altiva que sucumbe al impulso funesto de una pasión prohibida es un desolador despertar, pero si raras veces sucede que no se arrepiente de su falta, es todavía más raro que no persevere en ella, porque en primer lugar la caída es tan honda que hácese imposible remontar la pendiente, luego porque ya, el error cometido, perdióse todo, menos el amor; el amor es el único que sobrevive, lo único que resta, y al amor es necesario asirse, como la última tabla que sobrenada en el mar de aquel moral naufragio.

Y la mayor parte de las que cayeron se abrazan al postrer madero con una especie de violencia desesperada. Se entiende, por supuesto, que nos referimos aquí a las mujeres de temple superior, no a esas otras para quienes amar es un simple pasatiempo mundano.

Después de lo ocurrido entre Pierrepont y Beatriz no había ya ni que hablar siquiera del viaje de aquél: hasta discutir el punto les pareció ocioso y no lo hicieron, pero no podía prescindirse de explicar este repentino cambio de ideas a las personas a quienes pudiera interesar. Miss Nicholson había sido informada por la señora de Aymaret del viaje del marqués, pero con tantas reticencias que la joven americana no hubiera podido admirarse de una decepción; mas, ¿cómo justificar ante la vizcondesa aquella traición a la palabra dada, traición que despertaría necesariamente en la perspicaz señora sospechas fundadísimas?

Pierrepont tuvo que resignarse a escribirle una carta trivial en la que tomaba como pretexto para aplazar su partida graves e imprevistos asuntos, pero la vizcondesa tan no creyó sus asertos que ni aun le contestó siquiera. Tampoco buscó las aclaraciones de Beatriz, quien por completo entregada a su delirante pasión, mostróse casi indiferente a la dura afrenta que argüía tal silencio. En cuanto a Fabrice, admitió fácilmente que Pedro abandonaba un viaje hacia el cual nunca lo viera muy inclinado.