Y entonces principió para los dos cómplices esa existencia turbada, mezcla de embriagueces y de amarguras, de olvidos y de remordimientos, de secretas concupiscencias y de terrores secretos que es la vida misma de los amores culpables. Podían, por fin, hablar sin reserva del pasado, confiarse todo lo que recíprocamente habían sentido y sufrido el uno por el otro, borrar los últimos lineamientos del terrible equívoco que por tanto tiempo los tuvo separados, y los mismos transportes de la pasión eran descoloridos detalles comparados al hechizo de estas mutuas confidencias, de estas horas de ternura. Pero sus entrevistas íntimas no eran frecuentes; lo eran aún menos que antes de su común falta; la inocencia había huido y observaban con la angustiosa atención del que delinque; observaban y observaban, y todavía no observaban lo bastante. Jacques era de natural tan generoso y confiado, estaba tan acostumbrado desde su temporada en los Genets a la intimidad de Pierrepont con Beatriz, se hallaba tan absorbido en el trabajo gigantesco que traía entre manos, que ni remotamente sospechaba la traición de que venía siendo víctima; pero un ojo por desventura más desconfiado, más penetrante, velaba en lugar del artista desdichado.

La antipatía de Gustavo Calvat hacia su cuñada Beatriz había ido de más en más creciendo por efecto de sus cotidianos rozamientos y de los mal disimulados desdenes de aquélla; había ido de más en más creciendo hasta el punto que hoy era no ya aversión, sino irreconciliable odio; tampoco simpatizaba Calvat con el marqués de Pierrepont, quien lo trató siempre con altanera frialdad. Aunque el pintor continuase, bondadoso como era, recibiendo al taimado aprendiz en su casa y ayudándolo pecuniariamente, no podía pasar inadvertido para aquel ente que estorbaba, que no era con tanta frecuencia invitado a comer, que Beatriz, que se ocupaba mucho de la educación de Marcelita, evitaba el dejar a la niña a solas con él, y ante tales procederes, que Calvat consideraba verdaderos ultrajes, no había venganza que no se encontrase pronto a esgrimir contra aquella que paso a paso lo iba desalojando de una casa que él consideraba como suya.

A fin de ahorrar tiempo había encargado Jacques a su cuñado de algunos secundarios detalles en la grande obra que lo ocupaba, y Calvat aprovechaba esta circunstancia para presentarse más que de costumbre en el taller del pintor, so pretexto de ofrecerle sus servicios, y cuando éstos holgaban íbase a fumar en el jardín o a acechar por fuera de la quinta el paso de Marcelita.

Cierto día, como volviese de dar un paseo por el parque con la niña, entró bruscamente en el taller, y después de asegurarse de que Fabrice estaba solo, le dijo de repente:

—¡Querido, tengo que hablarte!

—Habla—replicóle el pintor prosiguiendo tranquilamente su trabajo.

—Me causa pena tocar este punto, pero me parece que no harías mal en que Marcelita volviese a su colegio de Auteuil. Es la hija de mi hermana y eso me impone ciertos deberes.

Fabrice bajó lentamente los escalones del andamiaje sobre que pintaba, y mirando fijamente a Calvat:

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Quiero decirte que Marcela está aquí en malísima escuela, y que no debe permanecer por más tiempo en ella.