—¿Te incomodo, papá?
—No, hija mía—respondió éste cubierto de densa palidez.
—¿Puedo entrar?
—Sí, mi vida.
Y entró la niña, con un aro en la mano, presentando a su padre la frente.
—¿Estás triste, papá?
—¿Por qué he de estar triste?
—¡Como no trabajas!
—Descanso un poco. ¿Tú has estado corriendo?... ¡Estás roja como una amapola!
—No, papá, vengo de dar mi lección de piano con mamá.