—¿Máximo Odiot, el intendente que el señor Laubepin...?

—Sí, señora.

—¿Está usted bien seguro?

—¡Cómo no, señora! perfectamente—respondí sin poder contener una sonrisa.

Arrojó una rápida mirada sobre la viuda del agente de cambio, y luego sobre la niña de severa frente, como para decirles:—¿Comprenden ustedes esto?—Agitóse ligeramente entre sus almohadones y continuó:

—En fin, tenga la bondad de sentarse, señor Odiot. Le agradezco infinito, señor, el que quiera consagrarnos su talento. Le aseguro que necesitamos mucho de su ayuda, porque, no puede negarse, tenemos la desgracia de ser muy ricas... Reparando que á estas palabras, la prima en segundo grado, encogía los hombros:

—Sí, mi querida señora Aubry;—prosiguió la señora de Laroque—sostengo lo que he dicho. Dios ha querido probarme al hacerme rica. Yo había nacido positivamente para la pobreza, para las privaciones, para la abnegación y el sacrificio, pero he sido contrariada. Por ejemplo, á mí no me habría disgustado un marido enfermo. ¡Pues bien! el señor Laroque era un hombre de excelente salud. Vea usted ahí, cómo mi destino ha sido y será siempre contrariado desde el principio hasta el fin...

—No diga usted eso—dijo secamente la señora Aubry.—Muy bien le iría con la pobreza á usted, que no se escasea ninguna dulzura, ningún refinamiento.

—Permítame, querida señora—respondió la señora de Laroque;—yo no aprecio en modo alguno los sacrificios estériles. El que yo me condenara á las privaciones más duras ¿á qué ó á quién aprovecharía? Porque yo me helara desde la mañana hasta la noche, ¿sería usted más dichosa?

La señora Aubry dió á entender con un gesto expresivo que no sería más dichosa por eso, pero que consideraba el lenguaje de la señora de Laroque como prodigiosamente afectado y ridículo.