—En fin—continuó ésta,—dicha ó desgracia; poco importa. Somos, pues, muy ricas, señor Odiot, y por poco caso que haga yo de esta fortuna, mi deber es conservarla para mi hija, aunque la pobre niña no se cuide de ella más que yo. ¿No es así, Margarita?
A esta pregunta, una débil sonrisa entreabrió los labios desdeñosos de la señorita Margarita, y el arco prolongado de sus cejas se extendió ligeramente, después de lo cual, aquella fisonomía grave y soberbia volvió de nuevo á su reposo.
—Señor—continuó la señora de Laroque,—se le va á mostrar la habitación que le hemos destinado, ajustándonos al formal deseo del señor Laubepin; pero antes permítame que le conduzca á la habitación de mi suegro, que tendrá placer en conocerle. ¿Quiere usted llamar, prima? Espero, señor Odiot, que nos hará usted el placer de comer hoy con nosotros. Adiós, señor, hasta muy luego.
Fuí confiado á los cuidados de un criado, que me suplicó esperara en la pieza contigua á aquélla de que salía, mientras tomaba órdenes del señor Laroque. Se había dejado la puerta del salón entreabierta y me fué inevitable oir estas palabras pronunciadas por el señor Laroque con el tono de bondad, aunque un poco irónico que le es habitual:
—¡Vaya, vaya! no se puede comprender á Laubepin, que me anuncia un muchacho de cierta edad, muy sencillo, muy juicioso, ¡y que me envía un señor como éste!
La señorita Margarita murmuró algunas palabras, que no pude oir, con vivo pesar mío, lo confieso, y á las que su madre respondió:
—No te digo lo contrario, hija; pero no por eso es menos ridículo de parte del señor Laubepin. ¿Cómo quieres que un señor como éste vaya á correr con zuecos? Mira, Margarita, si le acompañaras á la habitación de tu abuelo...
La señorita Margarita entró casi en el momento á la pieza en me hallaba. Cuando me vió en ella, pareció poco satisfecha.
—Perdón, señorita; pero el criado me dijo lo esperara aquí.
—Tenga la bondad de seguirme, señor.