La seguí. Me hizo subir una escalera, atravesar muchos corredores, y me introdujo por fin en una especie de galería donde me dejó.

Púseme entonces á examinar algunos cuadros suspendidos en el muro. Estas pinturas eran en su mayor parte muy mediocres, consagradas á la gloria del antiguo corsario del imperio. Había muchos combates de mar, un poco ahumados, en los que era evidente sin embargo, que el pequeño brik L'Aimable, capitán Laroque, veintiséis cañones, causaba á John Bull los más sensibles disgustos. Luego venían algunos retratos de pie, del capitán Laroque, que naturalmente atrajeron mi especial atención. Representaban todos, salvo ligeras variaciones, un hombre de talla gigantesca, llevando una especie de uniforme republicano, con grandes solapas, cabellos á lo Kleber, y arrojando hacia adelante una mirada enérgica, ardiente y sombría; en resumen, una especie de hombre, que no tenía nada de agradable. Cuando estudiaba esta gran figura, que realzaba maravillosamente la idea que se tiene en general de un corsario, y aun de un pirata, la señorita Margarita me suplicó que entrara. Halléme entonces frente á un viejo flaco y decrépito, cuyos ojos conservaban apenas una chispa vital, y que para acogerme, tocó con mano temblorosa el bonete de seda negra que cubría su cráneo luciente como el marfil.

—Abuelo—dijo la señorita Margarita levantando la voz;—es el señor Odiot.

El pobre viejo corsario se levantó un poco de su sillón, mirándome con una expresión apagada é indecisa. Me senté á un signo de la señorita Margarita, que repitió:—El señor Odiot, el nuevo intendente, abuelo.

—¡Ah! buen día, señor—murmuró el anciano.

Siguió una pausa del más obligado silencio. El capitán Laroque, con el cuerpo encorvado y la cabeza pendiente, continuaba fijando sobre mí su incierta mirada. En fin, pareciendo hallar de pronto un asunto de conversación de un interés capital, me dijo con voz sorda y profunda:

—El señor de Beauchêne ha muerto.

No hallé respuesta alguna á esta comunicación inesperada: ignoraba absolutamente quién pudiese ser el señor de Beauchêne, y no tomándose la señorita Margarita la molestia de decírmelo, me limité á atestiguar, por una débil exclamación de pésame, la parte que tomaba en este desgraciado suceso. Pero aparentemente esto no era bastante para lo que deseaba el viejo capitán, porque agregó un momento después con el mismo tono lúgubre:—¡el señor de Beauchêne ha muerto!

Mi asombro se acrecentó ante esta instancia. Veía el pie de la señorita Margarita golpear el pavimento con impaciencia: me desesperé y tomando al azar la primera frase que me vino al pensamiento:

—¿Y de qué ha muerto?—dije.