En una región más central, la atención de los convidados estaba monopolizada por el palabreo insubstancial, cáustico y fanfarrón de un personaje, á quien oí llamar el señor de Bevallan, que goza, al parecer, de los derechos de una particular intimidad. Es un hombre bastante alto, de una juventud madura, y cuya cabeza recuerda bastante fielmente el tipo del rey Francisco I. Se le escucha como á un oráculo, y aun la señorita Laroque le concede todo el interés y admiración que parece capaz de concebir aún por las cosas de este mundo.
En cuanto á mí, como la mayor parte de las agudezas que oía aplaudir, se referían á anécdotas locales y á chismografía de aldea, no he podido apreciar hasta aquí sino incompletamente el mérito de este león armórico.
Tuve, sin embargo, que congratularme de su urbanidad: me ofreció un cigarro después de comer y me llevó al retrete de fumar. Al mismo tiempo hacía los honores á tres ó cuatro jóvenes apenas salidos de la adolescencia, que lo miraban evidentemente como un modelo de bellas maneras y de exquisita pillería.
—¡Y bien, Bevallan!—dijo uno de los jóvenes—¿no renuncia usted, pues, á la sacerdotisa del sol?
—¡Jamás!—respondió el señor de Bevallan.—Esperaré diez meses, diez años, si es preciso; ¡pero ó la poseeré yo ó nadie!
—Es usted afortunado, viejo bribón; la institutriz le ayudará á tener paciencia.
—Debo cortarle la lengua ó las orejas, Arturo—dijo á media voz el señor de Bevallan avanzando hacia su interlocutor, y haciéndole una rápida seña para que notara mi presencia.
Se pasó entonces en revista, en una encantadora mezcolanza, todos los caballos, todos los perros y todas las damas de la comarca. Entre paréntesis, sería de desear que las mujeres pudiesen asistir secretamente una vez en su vida á una de esas conversaciones que tienen lugar entre hombres en la primera efusión que sigue á una abundante comida; allí hallarían la medida exacta de la delicadeza de nuestras costumbres y de la confianza que ella debe inspirarlas. Por lo demás, yo no me jacto de gazmoñería; pero la conversación de que era testigo, tenía, según mi opinión, la grave falta de ultrapasar los límites de la broma más libre; todo lo tocaba al pasar, lo ultrajaba todo alegremente, y tomaba, en fin, un carácter muy gratuito de universal profanación. Luego mi educación, muy incompleta sin duda, me ha dejado en el corazón un fondo de respeto, que me parece debe ser reservado en medio de las más vivas expansiones del buen humor. Entretanto, tenemos hoy en Francia á nuestra joven América, que no está contenta sino blasfema un poco después de haber bebido; tenemos amables pichones de bandido, esperanzas del porvenir, que no han tenido padre ni madre, que no tienen patria, que tampoco tienen Dios, pero que parecen el producto bruto de alguna máquina sin entrañas y sin alma, que los ha depositado fortuitamente sobre este globo, para que le sirvan de mediocre ornamento.
En resumen, el señor de Bevallan, que no teme instituirse profesor cínico de estos calaveras sin barba, no me ha gustado, ni pienso haberle agradado tampoco. Protesté un poco de fatiga y me retiré.
A mi llamamiento, el viejo Alain tomó una linterna y me guió á través del parque hacia la habitación que me estaba destinada. Después de algunos minutos de marcha, atravesamos un puente de madera echado sobre un río y nos hallamos delante de una puerta maciza y ogival abierta en una especie de torre y flanqueada por dos torrecillas. Era esta la entrada del antiguo castillo. Robles y abetos seculares forman, alrededor de estos despojos feudales, un cerco misterioso que les da un aire de profundo retiro. En estas ruinas es donde debo habitar. Mi departamento compuesto de tres piezas, elegantemente tapizadas de azul, se prolonga encima de la puerta de una torrecilla á la otra. Esta melancólica morada no deja de agradarme; ella conviene con mi fortuna. Apenas me vi libre del viejo Alain, que es de genio un poco noticiero, me puse á escribir el relato de este importante día, interrumpiéndome por intervalos para escuchar el murmullo bastante dulce del pequeño río que corre bajo mis ventanas, y el grito del tradicional mochuelo, que celebra en sus vecinos bosques sus tristes amores.