1.º de julio.

Ya es tiempo de que trate de desenredar el hilo de mi existencia personal é íntima, perdido desde hace dos meses, en medio de las activas obligaciones de mi cargo.

Al día siguiente de mi llegada, después de haber estudiado en mi retiro, durante algunas horas, los papeles y registros del padre Hivart, como se llama aquí á mi predecesor, fuí á almorzar al castillo, donde no hallé más que una pequeña parte de los huéspedes de la víspera. La señora de Laroque, que ha vivido en París antes que la salud de su suegro la hubiese condenado á un eterno veraneo, conserva fielmente en su retiro el gusto por los intereses elevados, elegantes ó frívolos, de que el arroyo de la calle de Bac era el espejo, en tiempos del turbante de la señora Stäel. Parece, además, haber visitado la mayor parte de las grandes ciudades de Europa, y adquirido conocimientos literarios que pasan la medida común de la erudición parisiense.

Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica á seguir, tanto como le es posible á la distancia en que se encuentra, el movimiento de esa civilización refinada, de que los teatros, los museos y los libros recién publicados son las flores y los frutos más ó menos efímeros. Durante el almuerzo se habló de una ópera nueva, y la señora de Laroque dirigió sobre este asunto, al señor de Bevallan, una pregunta á que no supo responder, aun cuando siempre tenga, si ha de creérsele, un pie y un ojo en el Bulevar de los Italianos. La señora de Laroque se dirigió entonces hacia mí, manifestando en su aire de distracción la poca esperanza que tenía de hallar á su encargado de negocios muy al corriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente, son las únicas que conozco. Había oído en Italia la ópera que acababa de darse en Francia por la primera vez. La reserva misma de mis respuestas, despertó la curiosidad de la señora de Laroque, que me oprimía á preguntas, y que se dignó muy luego comunicarme ella misma, sus impresiones, sus recuerdos y sus entusiasmos de viaje. No tardamos en recorrer como camaradas, los teatros y las galerías más célebres del continente, y nuestra conversación, cuando dejamos la mesa, era tan animada, que mi interlocutora para no romper su curso, tomó mi brazo, sin pensarlo. Fuimos á continuar en el salón nuestras simpáticas efusiones, olvidando la señora de Laroque, cada vez más, el tono de benévola protección, que hasta entonces me había chocado en su conversación particular conmigo.

Me confesó, que el demonio del teatro la atormentaba en alto grado, y que meditaba hacer representar comedias en el castillo. Me pidió consejos sobre la organización de esta diversión. Yo le hablé entonces, con detalles, de las comedias caseras, que había tenido ocasión de ver en París y en San Petersburgo; luego no queriendo abusar de mi favor, me levanté bruscamente, declarando que pretendía inaugurar sin demora mis funciones, por la exploración de un gran cortijo situado á dos leguas escasas del castillo. A esta declaración, la señora de Laroque pareció súbitamente consternada; me miró, se agitó entre sus almohadillas, aproximó sus manos al brasero, y me dijo á media voz:

—¡Ah! ¿qué importa eso? vaya, déjelo usted.

Y como yo insistiese:

—¡Pero, Dios mío!—agregó, con un gracioso ademán,—¡mire usted que los caminos están espantosos!... Espere al menos la buena estación.

—No, señora—le dije riendo,—no esperaré ni un minuto; ó soy intendente ó no lo soy.

—Señora—dijo el viejo Alain, que se hallaba allí,—se podría enganchar para el señor Odiot el carricoche del padre Hivart; no tiene elásticos, pero por lo mismo es más sólido.