La señora de Laroque confundió con una mirada fulminante al desgraciado Alain, que osaba proponer á un intendente de mi especie, que había asistido á un espectáculo en casa de la gran duquesa Elena, el carricoche del padre Hivart.

—¿La americana no pasaría por el camino?—preguntó.

—¿La americana, señora? No, á fe mía. No hay riesgo de que pase—dijo Alain,—y si pasa no será entera... y aun así, creo que no pasará.

Protesté que iría perfectamente á pie.

—No, no, es imposible, yo no lo quiero. Veamos... tenemos una media docena de caballos de silla que no hacen nada... pero probablemente no montará usted á caballo.

—Le pido perdón, señora; pero es verdaderamente inútil, voy...

—Alain, haga ensillar un caballo para el señor... Dí tú cuál, Margarita.

—Dele á Proserpina—murmuró el señor de Bevallan, riendo en mis barbas.

—¡No, á Proserpina no!—exclamó vivamente la señorita Margarita.

—¿Por qué no Proserpina, señorita?—le dije yo entonces.