—Porque lo arrojaría á tierra—me respondió rotundamente la joven.
—¡Oh! ¿cómo es eso? Perdóneme; ¿quiere usted permitirme que le pregunte, señorita, si monta usted ese animal?
—Sí, señor, pero con dificultad.
—¡Pues bien! puede ser que ella sea menor cuando lo haya yo montado una ó dos veces. Esto me decide. Haga usted ensillar á Proserpina, Alain.
La señorita Margarita frunció sus negras cejas y se sentó haciendo un signo con la mano, como para rechazar toda responsabilidad, en la catástrofe inminente que preveía.
—Si necesita usted espuelas, tengo un par á su servicio—agregó entonces el señor de Bevallan que decididamente pretendía que yo no volviese.
Sin notar, al parecer, la mirada de reproche que la señorita Margarita dirigió al obsequioso gentil hombre, acepté sus espuelas. Cinco minutos después, un ruido de pisadas desordenadas anunciaba la aproximación de Proserpina que traían trabajosamente al pie de la escalera del jardín reservado, y que era, entre paréntesis, una yegua muy bella mestiza, negra como el azabache. Bajé al punto la escalera. Algunos jóvenes, encabezados por Bevallan salieron al terrado, por humanidad según creo, y se abrieron al mismo tiempo las tres ventanas del salón para las mujeres y los ancianos. Habríame pasado de buena gana sin todo este aparato, pero en fin, me resigné, y por otra parte no tenía mucha inquietud sobre las consecuencias de la aventura, pues si bien soy un novel intendente, soy un antiguo jinete. Apenas caminaba, cuando mi padre me había ya plantado sobre un caballo, con gran desesperación de mi madre, y después, no desdeñó ningún cuidado, para hacerme su igual en este arte en que él sobresalía. Había llevado mi educación en este punto hasta el refinamiento, haciéndome vestir muchas veces viejas y pesadas armaduras de familia para que realizara con más facilidad los ejercicios de equitación que me enseñaba. Entretanto, Proserpina me dejó desenredar las riendas y aun tocar su pescuezo sin dar la menor señal de irritación, pero no bien sintió mi pie sobre el estribo, se tendió á un lado bruscamente, tirando tres ó cuatro soberbias coces por encima de las macetas de mármol que adornan la escalera, se paró en dos patas haciéndose la graciosa y batiendo el aire con sus manos; luego reposó estremeciéndose.
—Difícil para montar—me dijo un criado de caballeriza, guiñando el ojo.
—Lo veo, muchacho, pero voy á sorprenderla, mira.—En el mismo instante me senté en la silla sin tocar el estribo, y en tanto que Proserpina reflexionaba en lo que sucedía, me afirmé sólidamente. Un instante después desaparecíamos á galope corto por la avenida de los castaños, seguidos por el ruido de algunos aplausos, que el señor de Bevallan tuvo la buena inspiración de comenzar.
Este incidente, por insignificante que fuese, no dejó, como pude notarlo esa misma noche, de realzar mi crédito en la opinión. Algunos otros talentos del mismo valor, de que mi educación me ha provisto, han acabado de asegurarme aquí toda la importancia que deseaba, y que debe garantizar mi dignidad personal. Por lo demás, se ve muy bien que no pretendo de ningún modo abusar de los agasajos y atenciones de que puedo ser objeto para usurpar en el castillo un papel poco conforme á las modestas funciones que desempeño. Enciérrome en mi torre tan á menudo como puedo, sin faltar formalmente á las conveniencias: en una palabra, me mantengo estrictamente en mi lugar, á fin de que nadie tenga que volverme á él.