La saludé y la seguí. Un instante después nos hallábamos en el parque. La sirvienta, vestida á la moda del país, marchaba delante, llevando una linterna; luego iba la señorita de Porhoet, derecha y silenciosa, levantando con mano cuidadosa y decente los pocos pliegues de su angosta saya de seda; había rechazado secamente el ofrecimiento de mi brazo, y seguía á su lado, con la cabeza baja, muy poco satisfecho de mi papel. Al cabo de algunos minutos de esta fúnebre marcha:

—¡Y bien! señor—me dijo la vieja señorita: hable, pues, lo espero: ha dicho usted que mi familia ha sido aliada á la suya, y como un punto de alianza de esa especie es enteramente nuevo para mí, le quedaría sumamente agradecida, si me lo aclarase.

Yo había decidido por mi parte, que debía guardar á todo precio el secreto de mi incógnito.

—¡Dios mío! señorita—le dije,—me atrevo á esperar que excusará usted una broma escapada al correr de la conversación...

—¡Una broma!—exclamó la señorita de Porhoet.—La materia en efecto se presta mucho á la broma. ¿Y cómo llaman, señor, en este siglo las bromas que se dirigen valientemente á una mujer anciana y sin protección y que no se dirigirían seguramente á un hombre?

—Señorita, no me deja usted ninguna retirada posible; no me queda otro recurso que confiarme á su discreción. No sé si el nombre de los Champcey d'Hauterive le es conocido.

—Conozco perfectamente, señor, á los Champcey d'Hauterive, que son una buena y una excelente familia del Delfinado. ¿Qué conclusión saca usted de eso?

—Yo soy hoy el representante de esa familia.

—¿Usted?—dijo la señorita de Porhoet, haciendo alto súbitamente,—¿usted es un Champcey d'Hauterive?

—Desgraciadamente, sí, señorita.