—¿Vaya? ¿Y ese español de capa y botas amarillas, que se ve rondar por los alrededores y que suspira sin cesar?...
—Es usted un bromista—dijo la señorita de Porhoet, abriendo tranquilamente su caja de rapé.—Ya que quiere usted saberlo, le diré que mi encargado me ha escrito de Madrid hace dos días que, con un poco de paciencia, veremos sin duda alguna, el fin de nuestros males.
—¡Pardiez, ya lo creo! ¿Sabe usted de dónde sale su agente de negocios? De la caverna de Gil Blas directamente. Le sacará á usted hasta el último escudo y se burlará de usted en seguida. ¡Ah, qué discreta sería si olvidase usted esa locura y viviera tranquila!... ¿Para qué le servirían esos millones, veamos? ¿No es usted dichosa y considerada?... ¿qué más ambiciona? En cuanto á su catedral, no hablo de ella, porque es una majadería.
—Mi catedral no es una majadería, sino á los ojos de los majaderos, doctor Desmarest; por otra parte yo defiendo mi derecho, combato por la justicia: esos bienes me pertenecen; se lo he oído decir á mi padre más de cien veces, y jamás pertenecerán, por mi voluntad, á personas tan extrañas en definitiva á mi familia, como usted, mi querido amigo, ó como el señor, agregó designándome con un signo de cabeza.
Cometí la torpeza de manifestarme tentado por estas palabras, y respondí al instante:
—En lo que á mí concierne, señorita, se engaña, porque mi familia ha tenido el honor de haberse aliado con la suya, y recíprocamente.
Al oir estas enormes palabras, la señorita de Porhoet, aproximó vivamente á su barba puntiaguda las cartas desenvueltas en forma de abanico, que tenía en la mano, y enderezando su delgado talle, me miró á la cara para asegurarse primero del estado de mi razón; luego recobró su calma, por medio de un esfuerzo sobrehumano, y llevando á su afilada nariz un poco de polvillo de España:
—Me probará usted eso, joven—me dijo.
Avergonzado de mi ridícula jactancia, y muy embarazado por las curiosas miradas que sobre mí había atraído, me incliné torpemente sin responder. Nuestro whist se acabó en un silencio profundo. Eran las diez, y me preparaba á retirarme, cuando la señorita de Porhoet me tocó el brazo.
—El señor intendente—dijo,—me hará el honor de acompañarme hasta la avenida.