Me acuerdo que estudiando un día, en un acceso de vanidad juvenil, la historia de las alianzas de mi familia, me llamó la atención el singular nombre de Porhoet y que mi padre, muy erudito en estas materias, me lo alabó muchísimo. La señorita Porhoet, que es la única que queda hoy de su nombre, no ha querido casarse jamás á fin de conservar el mayor tiempo posible en el firmamento de la nobleza francesa, la constelación de estas mágicas sílabas: Porhoet-Gaél. La casualidad quiso que un día se hablase delante de ella, de los orígenes de la casa de Borbón.—Los Borbones—dijo la señorita de Porhoet, metiendo repetidas veces su aguja de tejer en su rubia peluca—los Borbones son de buena nobleza, pero—tomando repentinamente un aire modesto—hay mejores—añadió.
Por lo demás, es imposible no inclinarse ante esta vieja niña, tan augusta, que lleva con una dignidad sin igual la triple y pesada majestad del nacimiento, de la edad y de la desgracia. Un proceso deplorable, que se obstina en sostener fuera de Francia hace más de quince años, ha reducido progresivamente su fortuna, ya muy pequeña, y apenas le quedarán hoy un millar de francos de renta. Esta situación, desgraciada, no ha quitado nada á su orgullo, ni aumentado nada á su carácter: es alegre, igual, cortés; vive, no se sabe cómo, en su casita con una sirvienta, y halla aún medios para hacer muchas limosnas. La señora de Laroque y su hija profesan á su noble y pobre vecina, una pasión que las honra: en su casa es objeto de un respeto atento que confunde á la señora de Aubry. He visto á menudo á la señorita Margarita abandonar el baile más animado, para ir á asistir al whist de la señorita de Porhoet; si el whist de la señorita de Porhoet (á cinco céntimos la ficha) llegara á faltar un solo día, el mundo se acabaría. Yo también soy uno de los jugadores preferidos de la vieja señorita, y la noche de que hablo, no tardamos, el cura, el doctor y yo, en instalarnos alrededor de la mesa del whist, en frente y á los lados de la descendiente de Conan le Tort.
Es menester saber, que á principios del último siglo, un tío abuelo de la señorita de Porhoet, que estaba agregado á la casa del duque de Anjou, pasó los Pirineos siguiendo al joven príncipe, que fué después Felipe V, y fundó en España una casa que aun reina hoy. Su descendencia directa parece haberse extinguido hace una quincena de años, y la señorita de Porhoet, que jamás había perdido de vista á sus parientes de allende los montes, se creyó al momento heredera de una fortuna que se dice ser considerable: sus derechos le fueron disputados muy justamente por una de las más antiguas casas de Castilla, aliada á la rama española de los Porhoet. De aquí proviene ese proceso que la desgraciada octogenaria prosigue con grandes gastos, de jurisdicción en jurisdicción, con una persistencia que toca en manía, y aflige á sus amigos y divierte á los indiferentes. El doctor Desmarest, á pesar del respeto que profesa á la señorita de Porhoet, no deja de tomar partido en el número de los burlones; tanto más, cuanto que desaprueba formalmente el uso á que la pobre mujer consagra imaginariamente su quimérica herencia, á saber: la erección en la ciudad vecina, de una catedral del más bello y lujoso estilo, que transmitirá hasta el fin de los siglos futuros el nombre de la fundadora con el de una gran raza extinguida. Esta catedral, sueño creado sobre un sueño, es el juego inocente de esta vieja niña. Ha hecho ejecutar los planos de ella; pasa sus días, y algunas veces sus noches, meditando los esplendores, cambiándole las disposiciones anteriores y agregándole algunos ornamentos: habla de ella como de un monumento edificado y practicable.—Estaba en la nave de mi catedral: he notado anoche en el ala del Norte de mi catedral una cosa muy chocante; he modificado la librea del suizo, etc.
—Y bien, señorita—dijo el doctor, en tanto que barajaba las cartas,—¿ha trabajado usted en su catedral desde ayer?
—¡Cómo no, doctor! Y he tenido una idea muy feliz. He reemplazado el muro macizo que separaba el coro de la sacristía, por un follaje de piedra de mucho trabajo, imitando el de la capilla de Clisson en la iglesia de Josselin. Es mucho más ligero.
—Sí, ciertamente; pero entretanto ¿qué noticias tiene usted de España? ¡Ah, diablo! ¿será verdad como creo haber leído esta mañana en la Revista de Ambos Mundos, que el joven duque de Villa Hermosa le propone á usted la terminación amistosa del pleito por medio de un casamiento?
La señorita de Porhoet sacudió con un gesto desdeñoso el penacho de cintas ajadas que flotaba sobre su cofia.
—Me negaré redondamente—dijo.
—Sí, sí, usted dice eso, señorita; pero ¿qué significa esa guitarra, que se oye hace ya varias noches bajo sus ventanas?
—¡Vaya!