—Usted lo ha dicho ya—murmuró el general.

—Lo que no impide que sin mí, marcharía usted á pie, mi general, lo que no le sería muy agradable con sus heridas... porque con seis ó siete mil francos de retiro que tiene usted, no podría arrastrar carroza, amigo mío... Esta mañana le decía esto, señora, á propósito de nuestro nuevo carruaje que es lo más cómodo que puede imaginarse. Es lo cierto que lo he pagado muy bien: me cuesta cuatro mil buenos francos de menos en mi bolsa.

—¡Ya lo creo, señora! Mi carruaje de gala no me costó menos de cinco mil francos, contando el cuero de tigre para los pies, que él solo me costó quinientos.

—Yo me he visto obligada á contenerme un poco, pues acabo de renovar mi mueblaje del salón; en alfombras y tapices he gastado como quince mil francos. Es demasiado lujo para un pobre rincón de provincia, me dirá usted, y es muy cierto... Pero toda la ciudad está muy humilde con nosotros, y á todos nos gusta ser respetados, ¿no es así, señora?

—Sin duda—replicó la señora de Aubry—á todos nos gusta ser respetados, y uno sólo es respetado en proporción del dinero que tiene. Por mi parte, me consuelo de que hoy no se me respete, pensando que si fuera aún lo que he sido, vería á mis pies á todos los que me desprecian.

—¡Excepto á mí, voto á sanes!—exclamó el doctor Desmarest levantándose de pronto.—Aun cuando tuviera usted cien millones de renta, no me vería á sus pies; se lo aseguro bajo mi palabra de honor. Y me marcho á tomar el aire, pues el diablo me lleve, si puedo sufrir más.—Al mismo tiempo el bravo doctor salió del salón, llevando toda mi gratitud, pues me había hecho un verdadero servicio consolando mi corazón oprimido de indignación y disgusto.

Aun cuando el señor Desmarest se halla establecido en la casa sobre el pie de un San Juan Boca-de-oro, á quien se sufre la mayor independencia en el lenguaje, el apóstrofe había sido demasiado vivo para no causar entre los asistentes un sentimiento de malestar que se traducía por un silencio embarazoso. La señora de Laroque lo rompió diestramente, preguntando á su hija si habían dado las ocho.

—No, madre—respondió Margarita,—pues la señorita de Porhoet no ha llegado aún.

Un minuto después, el timbre del péndulo se ponía en movimiento; la puerta se abrió, y la señorita Jocelynde de Porhoet-Gaél, llevada del brazo por el doctor Desmarest, entró en el salón con una precisión astronómica.

La señorita de Porhoet-Gaél, que ha visto pasar este año la octogésima octava primavera de su existencia y que tiene la apariencia de una caña conservada en seda, es el último vástago de una muy noble raza, cuyos abuelos se creen hallar entre los reyes fabulosos de la vieja Armórica. Sin embargo, esta casa no toma seriamente pie en la historia, hasta el siglo xii en la persona de Juthaal, hijo de Conan le Tort, descendiente de la rama segunda de Bretaña. Algunas gotas de sangre de los Porhoet, han corrido por las venas más ilustres de Francia: en las de los Rohan, de los Lusignan, de los Penthièvre, y estos grandes señores convenían en que no era la menos pura.