—¿Apasionadamente?
—No.
A este monosílabo que articulé muy secamente y apoyé con una firme mirada, la señorita Helouin arrojó vivamente su ramito de azahares y abandonó mi brazo. Desde esa hora nefasta me trata con un desdén que no he merecido, y creería decididamente, que la amistad de un sexo por el otro es un sentimiento ilusorio, si mi desgracia no hubiera tenido al otro día una especie de indemnización.
Había ido á pasar algunas horas de la noche en el castillo; dos ó tres familias que acababan de pasar allí una quincena, se habían marchado aquella mañana. No estaban en él sino los parroquianos habituales, el cura, el preceptor, el doctor Desmarest, y en fin el general de Saint-Cast y su mujer, que habitan, como el doctor, en la pequeña ciudad vecina. La señora de Saint-Cast, que parece haber llevado á su marido una bella fortuna, estaba entretenida, cuando entré, en una animada conversación con la señora de Aubry. Estas dos señoras, siguiendo su costumbre, se entendían perfectamente, celebrando cada una á su turno, como dos pastores de una égloga, los incomparables encantos de la riqueza, en un lenguaje en que la distinción de la forma disputaba á la elevación del pensamiento.
—Tiene usted mucha razón, señora—decía la señora de Aubry—no hay sino una cosa en el mundo, y esa es ser rica; cuando yo lo era, despreciaba de todo corazón á los pobres, así hallo ahora muy natural que se me desprecie, y no me quejo de ello.
—Nadie la desprecia por eso, señora—respondía la señora de Saint-Cast—seguramente que no, pero es muy cierto, que entre ser rico ó pobre hay una terrible diferencia. Vea ahí al general, que puede decirle algo de eso; él no tenía absolutamente otra cosa que su espada cuando se casó conmigo, y no es con una espada con lo que se pone manteca en la sopa, ¿no es verdad, señora?
—¡Oh! no, no, señora—exclamó la señora de Aubry aplaudiendo esta atrevida metáfora. El honor y la gloria son muy bellos en las novelas; pero yo prefiero con mucho un buen carruaje.
—Sí, ciertamente, y es lo que decía esta mañana al general, al venir hasta aquí: ¿es verdad, general?
—Hum—refunfuñó el general, que jugaba tristemente en un rincón, con el antiguo corsario.
—No tenía usted nada cuando nos casamos, general—continuó la señora de Saint-Cast—¿espero que no tratará de negarlo?