Hay, no recuerdo en qué cuento, una princesa desgraciada, á quien se encierra en una torre, y á la cual, una hada enemiga de su familia impone sucesivamente una serie de trabajos extraordinarios é imposibles; confieso que en aquel momento la señorita de Porhoet, á pesar de todas sus virtudes me pareció ser parienta próxima de aquella hada.
—He soñado anoche—continuó,—que este legajo contiene la llave de mi tesoro español. Me dejará usted, pues, muy agradecida, no difiriendo su examen. Terminado este trabajo, me hará el honor de aceptar una comida modesta que pretendo ofrecerle bajo la sombra del pabellón de mi jardín.
Me resigné, pues. Inútil es decir, que el bienaventurado legajo 116 no contenía, como los precedentes, sino el vano polvo de los siglos. A las doce en punto, la anciana señorita vino á tomar mi brazo y me condujo ceremoniosamente á un pequeño jardín festoneado de boj, que forma con un pedazo de la pradera contigua, todo el dominio actual de los Porhoet. La mesa estaba colocada bajo un soto redondo y abovedado, y el sol de un bello día de verano arrojaba, á través de las hojas, algunos rayos que jugueteaban sobre el brillante y perfumado mantel. Acababa de hacer honor al dorado pollo, á la fresca ensalada y á la botella de viejo Burdeos que constituían el detalle del festín, cuando la señorita de Porhoet, que se hallaba al parecer encantada de mi apetito, hizo recaer la conversación sobre la familia Laroque.
—Le confieso—me dijo,—que el antiguo corsario no me gusta nada. Recuerdo que cuando llegó al país, tenía un gran mono doméstico, que vestía de criado, y con el que se entendía perfectamente. Este animal era una verdadera peste para la comarca, y sólo un hombre sin educación y sin decencia podía ocuparse en disfrazarlo. Se decía que era un mono, y yo consentía en ello, pero en realidad lo que buenamente pienso, es que era un negro, tanto más, cuanto que siempre he sospechado que su amo ha hecho el tráfico de esta mercancía en la costa de África. Por lo demás, el finado señor Laroque, hijo, era un hombre de bien, y excelente bajo todos conceptos. En cuanto á las señoras, hablando solamente de la señora de Laroque y de su hija y de ningún modo de la viuda de Aubry que es una criatura de vil especie, en cuanto á esas damas no hay elogio alguno que no merezcan.
Estábamos en esto, cuando el paso acompasado de un caballo se hizo oir en el sendero que rodea exteriormente el muro del jardín. En el mismo instante dieron algunos golpes secos en una puertecita vecina al pabellón.
—¿Quién es?—dijo la señorita de Porhoet.
Levanté los ojos y vi flotar una pluma negra por arriba del muro.
—Abra usted—dijo alegremente desde afuera una voz de timbre grave y musical;—abra, ¡que es la gracia de la Francia!
—¡Cómo! ¿es usted monona?—exclamó la anciana señorita.—Corra pronto, primo.
Abierta la puerta, estuve á punto de ser volteado por Mervyn que se precipitó por entre mis piernas, y vi á la señorita Margarita que se ocupaba en atar las riendas de su caballo á las barras de un cercado.