—Buenos días, señor—me dijo—sin mostrar la menor sorpresa por hallarme allí. Luego, levantando en su brazo los largos pliegues de su saya talar, entró en el jardín.
—Sea bien venida, en tan bello día, la linda niña, y abrázeme—dijo la señorita de Porhoet.—Ha corrido usted mucho, loquilla, pues tiene la fisonomía sumamente encendida y de los ojos le brota materialmente fuego. ¿Qué podría ofrecerle, mi maravilla?
—¡Veamos!—dijo Margarita arrojando una mirada sobre la mesa—¿qué es lo que hay aquí? ¡El señor se lo ha comido todo! Además, no tengo hambre sino sed.
—Le prohibo beber en el estado en que se halla; pero espere... aún hay algunas fresas en este acirate...
—¡Fresas! o gioja—cantó la joven.—Tome pronto una de esas grandes hojas, y venga conmigo.
Mientras escogía yo la más ancha de las hojas de una higuera, la señorita de Porhoet cerró á medias un ojo y siguió con el otro y con complacida sonrisa la gallarda marcha de su favorita, á través del camino lleno de sol.
—Mírela, primo—me dijo muy quedo—¿no sería digna de ser de los nuestros?
Entretanto la señorita Margarita, inclinada sobre el acirate y tropezando en su largo vestido, saludaba con un pequeño grito de alegría cada fresa que llegaba á descubrir. Yo me mantenía cerca de ella, llevando en mi mano la hoja de higuera sobre la que depositaba de tiempo en tiempo una fresa, contra dos que engullía para alentar su paciencia. Cuando la cosecha le pareció suficiente, volvimos en triunfo al pabellón; las fresas que quedaban fueron polvoreadas con azúcar, y después comidas por sus lindos y buenos dientes.
—¡Ah, qué bien me sienta esto!—dijo entonces la señorita Margarita, arrojando su sombrero sobre un banco y echándose de espaldas contra el cercado de olmedillas.—Y ahora para completar mi dicha, mi querida señorita, va usted á contarme algunas historias de los pasados tiempos, en que era usted una bella guerrera.
La señorita de Porhoet sonriendo y encantada, no se hizo rogar para sacar de su memoria los episodios más notables de sus intrépidas cabalgatas en la comitiva de los Lescure, y de los Rochejacquelin. Tuve en esta ocasión una nueva prueba de la elevación del alma de mi vieja amiga, cuando la oí rendir igual homenaje, á todos los héroes de esa lucha gigantesca, sin excepción de bandera. Hablaba en particular del general Hoche, de quien había sido prisionera de guerra, con una admiración casi tierna. La señorita Margarita prestaba á su relato una atención tan apasionada, que me asombró. Tan pronto, medio envuelta en su nicho de olmedillas y un poco cerradas sus largas pestañas, guardaba la inmovilidad de una estatua, ó ya, avivándose más el interés, se ponía de codos en la pequeña mesa y sumergiendo su bella mano en las ondas de su suelta cabellera, hacía vibrar sobre la vieja señorita el relámpago continuo de sus grandes ojos.