Es preciso decirlo: contaré entre las más dulces horas de mi triste vida, las que pasé contemplando, sobre aquella noble fisonomía, los reflejos de un cielo radioso, mezclado á las impresiones de un corazón valiente.
Agotados los recuerdos de la relatora, la señorita Margarita la abrazó, y despertando á Mervyn, que dormía á sus pies, anunció que se volvía al castillo. No tuve escrúpulo alguno en partir al mismo tiempo que ella, convencido de que no podía causarle molestia. Porque en efecto, aparte de la extrema insignificancia de mi persona y de mi compañía, á los ojos de la rica heredera, el tête-à-tête en general no tiene para ella nada de incómodo, habiéndole dado resueltamente, su madre, la educación liberal, que ella recibió en una de las colonias británicas: todos saben que el método inglés otorga á la mujer, antes del matrimonio, toda la independencia con que nosotros la recompensamos el día en que los abusos se hacen completamente irreparables.
Salimos, pues, juntos del jardín; le tuve el estribo mientras montaba á caballo y nos pusimos en marcha hacia el castillo. Al cabo de algunos pasos:
—¡Dios mío! señor—me dijo,—he venido á incomodarlo no muy á tiempo me parece. Estaba usted en buena compañía.
—Es verdad, señorita; pero como lo estaba hacía largo tiempo, le perdono, y aun le doy las gracias.
—Tiene usted muchas atenciones con nuestra pobre vecina. Mi madre le está muy reconocida á usted.
—¿Y la hija de su señora madre?—dije yo sonriendo.
—¡Oh! en cuanto á mí, yo me exalto menos fácilmente. Si tiene usted la pretensión de que le admire, es preciso tener la bondad de esperar aún un poco de tiempo. No tengo el hábito de juzgar con ligereza las acciones humanas, que tienen generalmente dos faces. Confieso que su conducta para con la señorita de Porhoet tiene una bella apariencia; pero...—hizo una pausa, movió la cabeza y continuó con un tono serio, amargo y verdaderamente ultrajante.—Pero no estoy bien segura de que no le haga la corte con la esperanza de heredarla.
Sentí que palidecía. Sin embargo, reflexionando el ridículo de responder con una fanfarronada á aquella niña, me contuve y le respondí con gravedad:—Permítame, señorita, compadecerla sinceramente.
Me pareció muy sorprendida.—¿Compadecerme, señor?