—Sí, señorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa, á que me parece tiene usted derecho.
—¡La piedad!—dijo deteniendo su caballo y volviendo lentamente hacia mí sus ojos medio cerrados por el desprecio.—No tengo la dicha de comprenderle á usted.
—Y sin embargo, es bien sencillo, señorita; si la desilusión del bien, la duda y la sequedad del alma son los más amargos frutos de la experiencia de una larga vida, nada merece más compasión en el mundo, que un corazón herido por la desconfianza, antes de haber vivido.
—Señor—replicó la señorita Laroque con una vivacidad muy extraña á su habitual lenguaje:—¡no sabe usted lo que dice!—y agregó más severamente:—olvida usted á quien habla.
—Es cierto, señorita—respondí con dulzura, inclinándome—he hablado sin saber, y he olvidado un poco con quien hablo; pero usted me ha dado el ejemplo.
La señorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los árboles que bordaban el camino, me dijo entonces con irónica altivez:—¿Será menester pedirle perdón?
—Ciertamente, señorita—respondí con firmeza—si alguno de los dos tiene que pedir aquí perdón, sería usted seguramente: usted es rica y yo soy pobre; usted puede humillarse... ¡y yo no!
Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus narices abiertas, la palidez repentina de su frente atestiguaban el combate interior por que pasaba. Repentinamente bajando su látigo como para saludar.—¡Pues bien—dijo—perdón!—En el mismo instante castigó violentamente su caballo, y partió al galope dejándome en medio del camino.
No la he vuelto á ver después.