Nunca es tan vano el cálculo de las probabilidades, como cuando se ejerce á propósito de las ideas y de los sentimientos de una mujer. No deseando hallarme muy pronto en presencia de la señorita Margarita, después de la penosa escena que había tenido lugar entre nosotros, había pasado dos días sin mostrarme en el castillo: creía que este corto intervalo apenas bastara para calmar los resentimientos, que había sublevado en aquel altivo corazón. No obstante, anteayer á las siete de la mañana, trabajaba yo cerca de la ventana abierta de mi torreón, cuando repentinamente me oí llamar en el tono de una amigable jovialidad, por la persona misma á quien creía tener por enemiga.

—Señor Odiot, ¿está usted ahí?

Me presenté en la ventana, y noté en una barca, que se estacionaba cerca del puente, á la señorita Margarita, alzando con una mano el ala de su gran sombrero de paja bronceada y levantando los ojos hacia mi obscura torre.

—Aquí me tiene, señorita—respondí con diligencia.

—Venga á pasear.

Después de las justas alarmas, que durante dos días me habían atormentado, tanta condescendencia me hizo temer, como sucede siempre, ser el juguete de un sueño insensato.

—Perdón, señorita... ¿cómo decía usted?

—Que venga á dar un pequeño paseo con Alain, Mervyn y yo.

—Con mucho gusto, señorita.

—Entonces, tome su álbum.