Me apresuré á bajar y corrí á la orilla del río.—¡Ah, ah!—me dijo la joven riendo;—á lo que parece, ¿está usted de buen humor esta mañana?
Murmuré torpemente algunas palabras confusas, cuyo fin era dar á entender que siempre lo estaba, de lo cual la señorita Margarita pareció mal convencida; después salté al bote y me senté á su lado.
—¡Vogue, Alain!—dijo al momento. Y el viejo Alain, que se jactaba de ser un buen remero, púsose á mover metódicamente los remos, lo que le daba el aire de un pájaro pesado que hace vanos esfuerzos para volar.
—Es necesario—continuó diciendo la señorita Margarita—que venga á arrancarlo á usted de su castillejo, pues van dos días que se encierra en él obstinadamente.
—Señorita, le aseguro que sólo la discreción... el respeto... el temor...
—¡Oh Dios mío! ¡el respeto... el temor... se chancea usted! Positivamente nosotros valemos menos que usted. Mi madre que pretende, yo no sé por qué, que debemos tratarle con una consideración muy distinguida, suplicóme, me inmolara en el altar de su orgullo, y como hija obediente me inmolo.
Expreséle viva y buenamente mi franco reconocimiento.
—Para no hacer las cosas á medias—respondió—he resuelto darle á usted una fiesta arreglada á su gusto: así, he ahí una bella mañana de verano, bosques y claros con todos los efectos de luz deseables; pájaros que cantan bajo el follaje, una barca misteriosa, que sobre las ondas se desliza... Usted que tanto ama esta especie de historias, deberá estar contento.
—Encantado, señorita.
—¡Ah, es una felicidad!