Efectivamente, en aquel momento me hallaba bastante satisfecho de mi suerte. Las dos riberas entre las cuales nos deslizábamos, estaban cubiertas de heno recién cortado, que perfumaba el aire. Veía huir de nuestro alrededor las sombrías avenidas del parque, que el sol de la mañana sembraba de brillantes regueros de luz; millones de insectos se embriagaban con el rocío en los cálices de las flores, zumbando alegremente.

Frente á mí se hallaba el buen Alain, que me sonreía á cada golpe de remo, con aire de complacencia y protección: más próxima, la señorita Margarita vestida de blanco contra su costumbre, bella, fresca y pura como una azucena, sacudía con una mano las húmedas perlas que la mañana suspendía en el encaje de su sombrero, y presentaba la otra como un incentivo á Mervyn, que nos seguía á nado. Verdaderamente que no hubiera sido preciso rogarme mucho para llevarme al fin del mundo en aquella pequeña y frágil barquilla.

Al salir de los límites del parque, pasando bajo uno de los arcos que atraviesan la pared que lo rodea:

—¿No me pregunta á dónde lo llevo, señor?—me dijo la criolla.

—No, señorita: me es completamente indiferente.

—Lo llevo al país de las hadas.

—No lo dudo.

—La señorita Helouin, más competente que yo en materias de poesía, ha debido decirle que los bosquecillos que cubren este país en veinte leguas á la redonda, son los restos de la antigua selva de Brocélyande donde cazaban los antepasados de su amiga la señorita de Porhoet, soberanos de Gaél, y donde el abuelo de Mervyn, que ve usted ahí, fué encantado, á pesar de ser él mismo encantador, por una señorita llamada Bibiana. Muy pronto estaremos en el corazón de la selva. Y si esto no es suficiente para exaltarle la imaginación, sepa que estos bosques conservan aún mil vestigios de la misteriosa religión de los Celtas, que por doquiera se hallan en multitud. Tiene, pues, el derecho de figurarse bajo cada una de esas sombras, un druida, con sus blancas vestiduras, y de ver relucir una hoz de oro en cada rayo de sol. El culto de esos insoportables viejos ha dejado también cerca de aquí, en un sitio solitario, romántico, pintoresco, etcétera, un monumento, ante el cual las personas predispuestas al éxtasis, tienen por costumbre desmayarse: he pensado que tendría usted placer en dibujarlo, y como el sitio no es fácil de descubrir, he resuelto servirle de guía, no pidiéndole en recompensa sino que me evite las explosiones de un entusiasmo al que no podría asociarme.

—Sea, señorita; me contendré.

—¡Se lo suplico!