—Convenido. ¿Y cómo llama usted á ese monumento?
—Yo lo llamo un montón de grandes piedras; los anticuarios lo llaman, unos simplemente un dolmen, otros, más pretenciosos, un cromlech; las gentes del país, sin explicar por qué, lo llaman la migourdit.
Mientras tanto, descendíamos dulcemente el curso de las aguas entre dos fajas de húmedas praderas; algunos bueyes de talla pequeña, negros casi todos, y con largos y afilados cuernos se levantaban aquí y allá al ruido de los remos y nos miraban pasar con ojos fieros. El valle en que serpenteaba el río que iba ensanchándose, por ambos lados estaba cerrado por una cadena de colinas, las unas cubiertas de matorrales y secas aliagas, las otras de verdeantes sotos. De tiempo en tiempo, una quebrada transversal abría entre dos cuestas una perspectiva sinuosa, en cuyo fondo se dibujaba la cima azul de una lejana montaña. La señorita Margarita, á pesar de su incompetencia, no dejaba de señalar sucesivamente á mi atención todos los encantos de aquel paisaje severo y dulce, acompañando, sin embargo, cada una de sus observaciones con una reserva irónica.
Hacía pocos momentos que un ruido sordo y continuo parecía anunciar la vecindad de una catarata, cuando el valle se cerró repentinamente y tomó el aspecto de una garganta solitaria y salvaje. A la izquierda, se levantaba una alta muralla de rocas salpicadas de musgo; robles y abetos, interpolados con yedras y malezas pendientes, se ostentaban en las grietas, hasta la cumbre de la escarpada ribera, arrojando una sombra misteriosa sobre el agua profunda que bañaba el pie de los peñascos. A cierta distancia delante de nosotros, las ondas borbotaban, espumaban y desaparecían repentinamente; la rota línea del río se dibujaba á través de un humo blanquecino sobre un fondo lejano de confuso verdor. A nuestra derecha, la ribera opuesta á la escarpada, no presentaba sino una pequeña margen de pradera en declive, sobre la que algunas colinas cargadas de bosques, señalaban una franja de sombrío terciopelo.
—¡A tierra, señor!—dijo la criolla.
Mientras Alain amarraba la barca á las ramas de un sauce:
—¡Y bien! señor—dijo saltando con ligereza sobre la hierba—¿no se halla mal? ¿no está usted trastornado, herido, petrificado? Se dice sin embargo que este sitio es lindísimo. A mí me gusta, porque siempre hay fresco en él... Pero... sígame en estos bosques, si se atreve, y yo le mostraré esas famosas piedras.
La señorita Margarita, viva, ligera y alegre, como jamás la había visto, en dos saltos salvó la pradera y tomó una senda que se internaba en la arboleda, subiendo la cuesta. Alain y yo, la seguíamos en hilera. Después de algunos minutos de una rápida marcha, nuestra conductora se detuvo, pareció consultar y reconocer el lugar en que se hallaba, luego separando resueltamente dos ramas entrelazadas, dejó el camino trazado y se lanzó en plena selva. El viaje se hizo entonces menos agradable. Era muy difícil abrirse paso á través de las encinas nuevas aún, pero ya vigorosas, de que se componía aquel monte y que entrelazaban, como las empalizadas de Robinsón, sus oblícuos troncos y sus tupidas ramas. Alain y yo al menos avanzábamos con gran trabajo, encorvados, estrellándonos la cabeza á cada paso, y haciendo caer sobre nosotros, á cada uno de nuestros pesados movimientos, una lluvia de rocío; pero la señorita Margarita, con la destreza superior y la flexibilidad propia de su sexo, se deslizaba sin esfuerzo aparente, á través de los intersticios de aquel laberinto, riendo de nuestros sufrimientos, y dejando negligentemente cimbrar tras ella las flexibles ramas, que venían á azotar nuestros rostros.
Llegamos en fin á un claro muy estrecho, que parecía coronar la cumbre de esta colina: allí admiré, no sin emoción, la sombría y monstruosa mesa de piedra, sostenida por cinco ó seis trozos de mármol que medio enterrados forman una caverna verdaderamente llena de un horror sagrado. Al primer aspecto, hay en este intacto monumento de tiempos casi fabulosos y de religiones primitivas, una potencia de verdad, una especie de presencia real, que sobrecoge el alma y la estremece. Algunos rayos de sol, penetrando en el follaje, filtraban por las junturas algo separadas, jugueteaban sobre el siniestro trozo y prestaban la gracia de un idilio á aquel bárbaro altar. La misma Margarita parecía pensativa y recogida. En cuanto á mí, después de haber penetrado en la caverna y examinado el dolmen bajo todas sus faces, me puse en posición de dibujarlo.
Hacía diez minutos que me hallaba absorto en este trabajo sin preocuparme de lo que pasaba á mi alrededor, cuando la señorita Margarita me dijo de repente: