—¿Quiere usted una Velada para animar el cuadro?—Levanté los ojos. Había enrollado alrededor de su frente un espeso follaje de robles y se hallaba parada sobre el dolmen, ligeramente apoyada sobre un haz de tiernos árboles; bajo la media luz de la enramada, su blanca vestidura tomaba el brillo del mármol, y sus pupilas chispeaban con un fuego extraño, en la sombra proyectada por el relieve de su corona. Estaba bella y creo que ella lo conocía. La miré sin hallar nada que decirle.

—Si lo incomodo, me quitaré—me dijo.

—No, no lo haga, se lo suplico.

—Pues bien, despáchese: ponga también á Mervyn: él será el druida, yo la druidesa.

Tuve la suerte de reproducir bastante fielmente, gracias á lo vago del bosquejo, la poética visión con que era favorecido. Ella se acercó con aparente solicitud á examinar mi dibujo.

—No está mal—dijo. Luego arrojó su corona riendo y agregó:—Convenga usted en que soy buena.

—Convengo en ello—y habría confesado además, si lo hubiera deseado, que no le faltaba su grano de coquetería; pero sin esto no sería mujer, y la perfección es odiosa: á las diosas mismas les era necesaria, para ser amadas, algo más que su inmortal belleza.

Volvimos á ganar á través del enmarañado soto, el sendero trazado en el bosque y descendimos hacia el río.

—Antes de marcharme—dijo la joven—quiero mostrarle la catarata, tanto más, cuanto que á mi turno pienso proporcionarme una pequeña diversión. ¡Ven, Mervyn! ¡Ven, noble perro mío! ¡Qué bello eres, eh!

Muy luego nos hallamos en el ribazo frente á los arrecifes, que bordean el lecho del río. El agua se precipitaba desde una altura de algunos pies, al fondo de un ancho estanque profundamente encajonado, de forma circular que parecía limitar por todos los lados un anfiteatro de verdura, salpicado de húmedas rocas. Sin embargo, algunas quebradas invisibles recibían el exceso del agua del pequeño lago, y estos arroyos iban á reunirse algo más lejos en un lecho común.