—El señor de Bevallan, señora, tiene según creo, una muy buena fortuna aunque un poco inferior á la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca de ciento cuarenta mil francos de renta.

—Sí, pero ¿cómo juzga usted su persona, su carácter?...

—Señora, el señor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero. No le falta talento y pasa por un hombre galante.

—¿Pero cree usted que haga feliz á mi hija?

—No creo que la haga desgraciada. Sería suponerle una alma depravada.

—¿Qué quiere usted que haga, Dios mío? A mí no me gusta nada, pero es el único que no desagrada á Margarita... y por otra parte, ¡hay tan pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted comprender que mi hija en su posición no ha dejado de tener pretendientes... Hace dos ó tres años que estamos literalmente sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo morirme de un día á otro... Mi hija quedaría sin protección... Además, este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la sociedad aprobará ciertamente, y yo sería culpable si no consintiera en él... Se me acusa ya de inspirar á mi hija ideas novelescas... la verdad es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En fin, ¿qué es lo que me aconseja usted?

—¿Me permitirá, señora, preguntarle cuál es la opinión de la señorita de Porhoet? Es una persona llena de juicio y de experiencia y que además le profesa á usted un gran cariño...

—¡Ah! si he de creer á la señorita de Porhoet, enviaría muy lejos al señor de Bevallan... Pero habla muy fácilmente... ¡cuando él se haya marchado no será ella quien casará á mi hija!

—Dios mío, señora, desde el punto de vista de la fortuna, el señor de Bevallan es ciertamente un partido poco común, es preciso no disimulárselo, y si quiere usted rigurosamente cien mil libras de renta...

—Para mí lo mismo son cien mil libras de renta que cien cuartos, mi querido señor... Pero no se trata de mí, sino de mi hija... yo no puedo darla á un albañil. ¿No es así? A mí me habría gustado ser la mujer de un obrero, pero lo que habría hecho mi felicidad, es probable que no haga la de mi hija. Y al casarla, debo consultar las ideas generalmente recibidas, no las mías.