—Pues bien, señora, si este casamiento le conviene, y conviene igualmente á su señorita hija...

—Pero no, si él no me conviene... y no conviene á mi hija... Es un casamiento... ¡Dios mío, es un casamiento de conveniencia, eso es todo!

—¿Debo comprender que es una cosa completamente arreglada?

—No, puesto que le pido consejo. Si lo estuviera, mi hija estaría más tranquila... esas fluctuaciones son las que la trastornan, y además...

La señora de Laroque, sumergiéndose en la sombra de la pequeña cúpula que domina su sillón, agregó: ¿Tiene usted alguna idea de lo que pasa en esa desgraciada cabeza?

—Ninguna, señora.

Su mirada chispeante se fijó sobre mí durante un momento. Arrojó un profundo suspiro y me dijo con un tono dulce y triste:—Váyase, señor... no le detengo más.

La confidencia con que acababa de ser honrado no me sorprendió. Hacía ya algún tiempo que la señorita Margarita consagraba visiblemente al señor de Bevallan todo el resto de simpatía que conserva aún por la humanidad. Estos testimonios, sin embargo, parecían más bien señal de una preferencia amistosa que la de una apasionada ternura. Es menester decir, además, que esta distinción se explica fácilmente. El señor de Bevallan, á quien jamás estimé y de quien he hecho, á pesar mío, en estas páginas, más bien la caricatura que el retrato, reune el mayor número de cualidades y defectos que habitualmente atraen el sufragio de las mujeres. La modestia le falta absolutamente; lo que le viene á las mil maravillas, pues las mujeres no la estiman. Tiene esa seguridad espiritual burlona y tranquila, que de nada se asusta, que intimida fácilmente, y que garantiza siempre, al que está dotado de ella, una especie de dominación y una apariencia de superioridad. Su talle derecho, sus gallardas facciones, su destreza en los ejercicios físicos, su renombre como batidor y cazador, le prestan una autoridad viril, que impone al sexo tímido. Hay por fin, en sus ojos un espíritu de audacia, de empresa y de conquista no desmentido por sus costumbres, que conmueve á las mujeres y subleva en sus almas secretos ardores. Justo es agregar, que tales ventajas no tienen en general todo su precio sino sobre corazones vulgares; pero el corazón de la señorita Margarita, que yo había querido, como sucede siempre, elevar al nivel de su belleza, parece hacer ostentación desde hace algún tiempo de sentimientos de un orden muy mediocre, y creíala muy capaz de sufrir sin resistencia como sin entusiasmo, con la frialdad pasiva de una imaginación inerte, el encanto de ese vencedor venal y el yugo consiguiente á un matrimonio de conveniencia.

A consecuencia de todo esto, era menester tomar un partido y lo tomé más fácilmente de lo que un mes antes hubiera creído, pues había empleado todo mi valor en combatir las primeras tentaciones de un amor que el buen sentido y el honor reprobaban igualmente, y aquella misma que, sin saberlo, me imponía este combate, sin saberlo, también, me había ayudado poderosamente á triunfar. Si no había podido ocultarme su belleza, me había manifestado su alma, y la mía se había reconcentrado, pequeña desgracia sin duda para la millonaria joven, pero verdadera, dicha para mí.

Entretanto, hice un viaje á París donde me llamaban los intereses de la señora de Laroque y los míos. Volví hace dos días y al llegar al castillo, se me dijo que el anciano señor Laroque me llamaba con insistencia desde por la mañana. Pasé inmediatamente á su departamento. Desde que me divisó, una pálida sonrisa vagó por sus ajadas mejillas, detuvo sobre mí una mirada en la que creí ver una expresión de maligna alegría y de secreto triunfo, diciéndome luego con voz sorda y cavernosa.