—Señor, el señor de Saint-Cast ha muerto.

Esta noticia que aquel singular anciano había querido darme él mismo, era exacta. En la noche precedente, el pobre general de Saint-Cast había sido atacado de una fuerte aplopegía, y una hora después era arrebatado á la existencia opulenta y deliciosa, que debía á su señora. Conocido apenas el suceso en el castillo, la señora de Aubry se había hecho transportar en seguida á casa de su amiga, y estas dos compañeras, nos dijo el doctor Desmarest, habían conferenciado sobre la muerte, la rapidez de sus golpes, la imposibilidad de preverlos ó de garantirse contra ellos, la inutilidad de los pesares que á nadie resucitan, sobre el tiempo que todo lo consuela, acabando por una letanía de ideas originales y picantes. Después de lo cual habiéndose sentado á la mesa habían recobrado fuerzas muy tranquilamente.

—Vamos, coma usted, señora; es menester sustentarse, Dios lo quiere así—decía la señora de Aubry.

A los postres, la señora de Saint-Cast hizo subir una botella de un vinillo de España que el pobre general adoraba, en consideración á lo cual suplicaba á la señora Aubry lo probara. Rehusando obstinadamente la señora de Aubry á probarlo sola, la señora de Saint-Cast se había dejado persuadir que Dios quería que también ella bebiese un poco de vino de España con un bizcochito. No se brindó por la salud del general.

Ayer por la mañana, la señora de Laroque y su hija, estrictamente vestidas de luto, montaron en carruaje: yo tomé un lugar á su lado. A las diez nos hallábamos en la pequeña ciudad vecina. Mientras yo asistía á los funerales del general, las señoras se reunían con la señora de Aubry para formar alrededor de la viuda el círculo de costumbre. Acabada la triste ceremonia, volví á la casa mortuoria y fuí introducido con algunos amigos íntimos en el célebre salón cuyo mueblaje cuesta quince mil francos. En el centro de una fúnebre media luz, distinguí sobre un canapé de mil doscientos francos, la sombra inconsolable de la señora de Saint-Cast, envuelta en amplios crespones, cuyo precio no tardaremos en conocer. A su lado se hallaba la señora de Aubry presentando la imagen de la más intensa postración física y moral. Una media docena de parientas y de amigas completaban aquel grupo doloroso. Mientras nosotros nos colocábamos en fila á la otra extremidad del salón, hubo algún ruido de refregones de pie y algunos crujidos del pavimento; luego un melancólico silencio reinó de nuevo en el fúnebre recinto. De tiempo en tiempo solamente, se elevaba del canapé un suspiro lamentable que la señora de Aubry repetía como un eco fiel. En fin apareció un joven que se había retardado un poco en la calle tomándose tiempo para acabar un cigarro que había encendido al salir del cementerio. Se deslizaba discretamente en nuestras filas, cuando la señora de Saint-Cast lo notó.

—¿Es usted, Arturo?—dijo con una voz semejante á un soplo.

—Sí, mi tía—dijo el joven, avanzando como centinela al frente de nuestra línea.

—¿Se acabó todo?—respondió la viuda con el mismo tono quejumbroso y lánguido.

—Sí, mi tía—respondió con acento breve y deliberado el joven Arturo, que parece un mozo bastante satisfecho de sí mismo.

Hubo una pausa; en seguida la señora de Saint-Cast sacó del fondo de su alma expirante esta nueva serie de preguntas: